Mateo, un hombre de mediana edad con ojos verdes, como esmeraldas bañadas por una tenue luz de invierno, que a menudo parecían reflejar serenidad y alegría superficial, pero si mirabas más de cerca, descubrirías una profunda melancolía, como si estuviera en un punto de quiebre en su vida.
La mirada perdida de Mateo, reflejaba un tumulto interior que apenas se insinuaba en su rostro sereno; sus pensamientos; como las hojas que danzaban en el viento, buscaban claridad en medio del caos que lo envolvía, un laberinto de emociones donde el amor y el dolor tejían su telaraña en lo más profundo de su alma.
Era un viernes, previo al feriado de carnaval en febrero y tras un día de trabajo agotador, una chispa de aventura se encendió en su espíritu; al sentirse impulsado por esa motivación inesperada, tomó la decisión de subirse a su vehículo. escapar de la rutina y manejar sin rumbo fijo hacia las afueras de la ciudad.
Conduciendo por caminos sinuosos a través de la campiña, se encontró rodeado de paisajes cambiantes; no solo los disfrutó visualmente, sino, que sintió cómo su espíritu convulso, encontraba poco a poco un inusual sosiego, mientras observaba el cielo teñirse de tonalidades doradas típicas de un atardecer soleado.
Finalmente, al detener su vehículo a un costado del camino y sumergirse en la quietud de la escena, descendió del carro, permitiendo que la tranquilidad del entorno lo inundara por completo, sintiendo en ese instante, una paz que hace mucho tiempo no experimentaba.
Cuál si fuera un lienzo pintado por el pincel del Creador, el horizonte le mostraba la dualidad del mundo: por un lado, la exuberancia de la naturaleza, embellecida con su verdor y el arco iris multicolor de las flores; al mismo tiempo, que se fusionaba con la serpenteante y fría carretera de concreto que parecía no tener final.
Esa ambigüedad, le trajo a su mente un ejemplo parecido: El día y la noche danzando en un eterno equilibrio, el yin yang de la vida.
Estos eran conocimientos que él sabía y qué juntos, representan la paradoja de todas las cosas y cómo estas fuerzas interactúan complementándose entre sí; pero en ese momento, estas contradicciones no tenían mayor significado en su vida.
Aunque parecía calmado, su corazón latía agitado; mientras, las preocupaciones y frustraciones volvían a aflorar en su mente, sus pensamientos no le ofrecían una salida clara ni una respuesta definitiva para aliviar el sentimiento de incertidumbre que lo agobiaba, dejándolo en un laberinto emocional sin salida aparente
Se animó a iniciar un recorrido por el prado, sintiéndose como el héroe de su libro favorito: La Odisea, un moderno Ulises, en busca de su Ítaca y con este pensamiento en su cabeza, empezó a caminar aventurándose más allá de los límites de los linderos del camino.
Algo inseguro continuó caminando por los senderos de la pradera envuelto en una nube de pensamientos llenos de nostalgia; cada paso que daba parecía ser una interrogante sin respuesta; se encontraba en una búsqueda constante de sentido a su vida, en un mundo marcado por la duda, los miedos y los desafíos.
Sentía que estaba atrapado en un laberinto de problemas interminables; sin embargo, trataba de hallar con desesperación una salida, que aclare su situación y permita encaminarse hacia sus anheladas realizaciones.
A medida que avanzaba por el campo, muchas preguntas llenaban su cabeza; entre ellas se cuestionaba:
«¿Cómo había llegado a este punto crucial en su vida, donde la realización y el logro de sus sueños parecían tan esquivos?»
«¿Qué había pasado con aquellos sueños, que solían encender su espíritu juvenil, con pasión y determinación?»
«¿Dónde se han quedado extraviados en el diario caminar, sus anhelos más fervientes y las promesas hechas a sí mismo y a su esposa, de una vida feliz, fructífera y de éxito?»
La naturaleza, con su susurro tranquilo, parecía comunicarle respuestas directas; cada brisa y cada hoja que danzaban al compás del viento, llevaban consigo un mensaje claro de esperanza y renovación; aunque, por momentos le resultara difícil interpretarlo.
Sabía en su fuero interno, que las respuestas estaban allí, algo dentro sí le decía: que el mismo conocía las respuestas; pero, por más que se esforzaba no las veía, aún no lograba descifrarlas
De igual manera, los árboles ante sus ojos le contaban su historia: diciéndole, que ellos han soportado vientos huracanados y no obstante los embates recibidos, se han mantenido firmes y florecientes; recordándole este mensaje, que todavía hay un camino hacia la realización de sus anhelos; aunque ahora sus sueños le parezcan tan distantes.
Sin embargo, pensamientos fugaces lo llevaron a reflexionar y comparar su situación actual con desafíos pasados en su vida.
«¿Podría hallar la clave de su propia transformación en medio de la serenidad de este entorno?»
«¿Será hora de mudarse a otra ciudad o país, mirando más allá de sus lugares conocidos hacia nuevos y desconocidos horizontes y conseguir al tomar esta decisión nuevas oportunidades y desafíos?»
Estos pensamientos hacían, que en forma reiterativa surja nuevamente en él, nostalgia, al recordar sus triunfos pasados, los cuales eran en esos momentos, como destellos de luz en la oscuridad de su memoria y lo llevaban a meditar sobre el camino que había recorrido; cada victoria obtenida en el pasado le recordaba, que pese a las circunstancias siempre había logrado obtener ideas que le generaron resultados favorables a sus problemas y desafíos.
«¿Qué lecciones podía extraer de esas victorias fugaces y esas derrotas amargas de su pasado?»
«¿Cómo podía emplear esas experiencias para construir un futuro más prometedor y satisfactorio para él y su familia?»
Después de unos minutos deambular sin rumbo, sus ojos fueron irresistiblemente atraídos por un paisaje asombroso que se desplegaba ante él: árboles frutales alineados en parcelas perfectamente definidas llenaban el aire con una embriagadora mezcla de múltiples olores.
El dulce aroma del mango se mezclaba con la frescura de la piña, mientras la pitahaya, la papaya, la granadilla, el maracuyá y el tomate de árbol, aportaban, olores exóticos y deliciosos.
En cada bocanada de aire, su olfato lo deleitaba y sentía cómo su conexión con la naturaleza se fortalecía; como consecuencia de aquello, su intranquilo espíritu, en ese natural entorno sintió paz.
Siguió cautivado por el encanto de aquel campo pintoresco; cercas blancas resaltaban en contraste con el verde exuberante de los alrededores; y en medio de aquel verdor, los senderos que zigzagueaban entre los árboles parecían invitarlo para que se adentre en ese mundo natural y descubra los secretos que guardaba.
A medida que se internaba por esas veredas, sentía cómo una energía diferente invadía el lugar, llenándolo con cada paso que daba y proporcionando a su ser una sensación de calma y conexión con la tierra.
Los árboles de teca, imponentes y altivos se alzaban como guardianes de los tesoros naturales del campo; sus ramas extendidas ofrecían un refugio seguro bajo el cual Mateo caminaba, sintiéndose protegido y acogido por la suave melodía del viento que acariciaba su rostro con la frescura de sus corrientes, como si la naturaleza misma le extendiera una mano amiga.
El bosque le susurraba secretos al oído, mientras caminaba entre árboles ancianos que parecían testigos mudos de su tumultuoso viaje interior; cada hoja crujiente bajo sus pies era como un eco de sus propias dudas, los rayos de sol del atardecer filtrándose entre las ramas, creaban una danza de luces y sombras que reflejaba la dualidad de sus sentimientos, revelando así, la complejidad de su alma en conflicto
Después de un largo recorrido por la campiña, se encontró en un lugar de ensueño, que parecía sacado de un mundo de fantasía, donde la maravilla y la serenidad se abrazaban en una danza encantadora.
La belleza del paisaje, con sus colores vibrantes, que se fusionaban entre sí y que se desplegaban ante su mirada: era maravillosa, creando cuadros dignos de admiración.
Mientras contemplaba este lugar paradisíaco, que no esperaba encontrar en su inesperado recorrido, las reminiscencias de sus logros pasados afloraron una vez más a su mente; su mente viajó en el tiempo a ese día en que se casó y se comprometió a brindarle un futuro lleno de comodidades y felicidad; para cumplir esa promesa, había emprendido un arduo trayecto en busca del éxito y la prosperidad.
Después de algunos años, las adversidades parecieron conspirar para entorpecer su camino, dejándolo desorientado y desalentado, justo cuando estaba logrando consolidar sus objetivos.
Sus pensamientos regresaron a esos momentos de triunfo, cuando, con valentía, persuadió a personas importantes para que lo apoyaran para alcanzar sus objetivos.
Recordaba: cómo convenció a un empresario, a quien nunca había visto, para que le enviara mercadería en consignación, logrando con ello, llenar el almacén que tenía con su padre y sin necesitar poner capital o garantía alguna de por medio.
Tuvo recuerdos vívidos del apoyo que brindó a un ser querido con recursos limitados, impulsándolo a establecer un negocio próspero, tan solo, con una máquina de coser doméstica; y las evocaciones del día, en el que enfrentando desafíos logró mejorar su situación al intercambiar un objeto de poco valor, por una herramienta que le abrió puertas hacia su primer emprendimiento.
Luego, rememoró momentos difíciles, que lo llevaron a terminar asociaciones comerciales y enfrentar traiciones y adversidades; consecuencia de ello, tener que enfrentar deudas inesperadas, al descubrir, que personas cercanas y a quienes apreciaba en gran manera, hacían negocios a sus espaldas.
También, recordaba cómo a pesar de la situación en la que quedó, no se amilanó; con determinación y pasión salió a ofrecer productos que ni siquiera tenía en su inventario, consiguiendo como resultado de ello, establecer acuerdos comerciales con profesionales destacados y con ello lograr el resurgimiento comercial, superando los obstáculos de ese momento, lo cual le permitió levantar nuevamente su empresa.
Sin embargo, estaba consciente; de que, a pesar de estos recuerdos llenos de batallas ganadas y momentos de éxito en su pasado, ahora los minimizaba, diciéndose:
«¿En qué podían ayudarme en mi presente realidad si no quedaban vestigios o beneficios de ellos, que me sirvieran para apoyar mi situación actual?»
Sentía que pese a haber ganado esas batallas, comenzaba a perder la guerra de la vida.
Nuevamente, afloraron, uno tras otros, una serie de interrogantes acerca de su vida.
«¿Qué le había ocurrido?»
«¿Dónde había quedado su ímpetu de juventud y sus ambiciones de logros?»
«¿Por qué había transcurrido y había permitido pasar su vida sin obtener lo que se había propuesto?»
«¿Cómo aquellos éxitos, que parecían llegar con facilidad en el pasado, se habían desvanecido con el tiempo?»
«¿Cómo había llegado a perder la confianza y el éxito, que antes parecían estar a su alcance?»
Mateo, antes un hombre vibrante y enérgico que superó muchos retos, algunos llevándolo al límite de su resistencia, ahora experimentaba una sensación de desorientación, desazón y angustia; se sentía incapaz de encontrar un camino claro que lo guiara a superar las adversidades actuales y alcanzar sus anhelos más profundos
Reflexionaba, sobre cómo cada mañana se volvía más difícil enfrentar sus adversidades; los recuerdos del pasado se mezclaban con un presente desalentador, creando un cóctel de nostalgia y un fuerte deseo de recuperar la pasión que alguna vez lo impulsó hacia el éxito… ahora, mental, espiritual y económicamente se sentía fracasado.
Todavía, sin respuestas correctas y a pesar de sus actuales preocupaciones, sus logros pasados le recordaban, que su espíritu luchador, aunque debilitado aún vibraba dentro de él.
Mientras continuaba en su ensimismamiento, con cada mirada que daba a su alrededor, buscaba respuestas a su desaliento y también avivar esa pasión por la vida que en algún momento lo definió ganador.
No podía impedir sentir una soledad que lo invadía, haciéndolo dudar de sí mismo y de sus habilidades y se preguntaba si sus metas eran inalcanzables o si algún día encontraría la verdadera satisfacción o era mejor que se resigne a no tener una vida prospera y abundante.
Aunque la noche empezaba a envolver el paisaje con su manto oscuro, Mateo se había habituado al lugar y no se sentía preocupado por la soledad del sitio y sus posibles riesgos.
Mantenía la esperanza, de que, al volver a casa en el intervalo entre el sueño y el despertar en la mañana, él iba a encontrar una respuesta a sus preocupaciones.
Recordó con determinación un proverbio que su madre le había enseñado en su juventud y que lo había acompañado en momentos de incertidumbre:
"Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia; reconócelo en todos tus caminos él allanará tus veredas".
Estas palabras resonaban en su mente, recordándole que incluso en los momentos más oscuros siempre hay una luz al final del túnel; sin embargo, él veía esa luz como un lucero distante en el cielo, que por alguna razón no tenía impacto actualmente en su vida.
Estaba tan concentrado en este torbellino de pensamientos con la mirada fija en el espejo de agua del pequeño lago que engalanaba más el lugar, que no se había percatado que había alguien más.
Al levantar la mirada y recorrer con ella su entorno, se percató que, a unos ciento cincuenta metros de distancia bajo un sauce llorón, cuyas ramas caídas eran como un aura que lo cubría, divisó la figura de un hombre mayor, sentado en una silla plegable, disfrutando tranquilamente de su tiempo con una caña de pescar.
Cuando se acercó al pescador, Mateo, notó las características distintivas del anciano: su semblante arrugado transmitía una sensación de serenidad y sabiduría que lo dejaba perplejo, su barba blanca, meticulosamente cuidada su cabello plateado con suaves ondas le otorgaban un aire cuidado y distinguido, como si fuera un guardián de los secretos del bosque.
—Me llamo Mateo — dijo el joven, buscando romper el silencio que los rodeaba, mientras observaba al anciano con curiosidad.
— Plutarco, un placer conocerte Mateo. — respondió el anciano, con una sonrisa cálida que irradiaba sabiduría —.
— ¿Sabías que tu nombre significa "regalo de Dios"? — añadió, dejando que sus palabras flotaran en el aire, como si insinuara algo más profundo; Mateo, sorprendido, pero intrigado por la reflexión, esbozó una sonrisa y dijo:
—Lo sabía, pero nunca pensé en lo que realmente significa... supongo que aún estoy buscando lo que debo entregar al mundo. —
Sus palabras eran sinceras, casi como una confesión, mientras sus ojos buscaban en los de interlocutor alguna respuesta que el tiempo le había negado.
Mateo quedó impresionado por la profundidad y el color azul intenso de los ojos de Plutarco, que reflejaban el cielo mismo y una serenidad admirable.
—¿Por qué estás pescando a estas horas tan tardías y en un lugar tan apartado? lo normal es hacerlo al amanecer. — expresó Mateo, mostrando su curiosidad.
Plutarco, con una calidez que caló en el alma de Mateo, mientras asentía con la cabeza le compartió la perspectiva de su accionar.
—Aunque este sitio te puede parecer solitario, para mí está lleno de vida y portentos. —
—¿Has observado las maravillas que nos rodean? peces que bailan en el agua, aves que cantan sus melodías, ardillas que saltan entre los árboles... cada criatura tiene su historia y su hogar en este paradisíaco ecosistema natural. —
Mateo escuchó atentamente mientras el anciano compartía su amor por la naturaleza y le explicaba por qué prefería pescar en las últimas horas del día; las palabras del pescador vespertino retumbaron en su corazón, avivando una conexión con el mundo natural, con una intensidad anteriormente olvidada.
Mientras tanto, la oscuridad se adueñaba del paisaje; pero, eso no les preocupaba, estaban desentendidos de la hora y disfrutaban de su amena charla; ambos continuaron conversando, involucrándose en charlas, que prácticamente les hizo olvidar el paso del tiempo.
Hasta que en un momento dado Plutarco preguntó:
—¿Mateo, vives por aquí cerca? Nunca te había visto antes por estos lugares. —
—No, vivo en la ciudad y estoy de paso. — respondió.
El anciano, mirando un momento hacia el cielo, anticipó la llegada de la tormenta y en tono amable extendió una mano amiga, invitándolo a refugiarse en su hogar, al menos por esa noche o hasta que pasara el mal tiempo.
A pesar de lo sensato de la invitación, a Mateo se le generó un torbellino de dudas; los golpes de la vida habían forjado en él, una natural y profunda desconfianza hacia todos; sin embargo, la sinceridad de Plutarco le parecía demasiado buena para ser verdad.
En su mente, no encontraba justificación por la que un extraño, quien recién lo había conocido, lo invitara a dormir en su casa; a pesar de existir un motivo tan válido, como la tormenta que se aproximaba a la zona.
Finalmente, ante la insistencia, argumentos y actitud serena de su nuevo amigo, venciendo sus dudas, aceptó la oferta con gratitud; la cual, después de analizarla, le pareció llena de franqueza y generosidad, reconociendo que dicha propuesta, sería mucho más que un refugio de la tormenta de esa noche; en ese instante, el gesto del anciano sería para él, un recordatorio viviente de que la bondad y la generosidad aún florecen en el mundo.
Como leyendo el pensamiento del visitante, Plutarco le dijo:
—No dudes, a veces en la vida, es esencial, ceder a nuestras decisiones emocionales, en humildad, aceptar ayuda y apoyo en momentos de necesidad; así como el cobijo provisional que se nos ofrece para recobrar fuerzas antes de retomar nuestro camino diario. —
Estas palabras impactantes y la mirada penetrante de Plutarco despertaron su curiosidad y la fascinación por el anciano.
Con gratitud y con un poco más de confianza, se levantó de la hierba donde se había sentado y ayudó al anciano a recoger su equipo de pesca.
Juntos, emprendieron un camino hacia la casa de Plutarco, siguiendo una trocha que se adentraba en la oscuridad de la noche, la guía y la hospitalidad del anciano lo reconfortaban mientras caminaban.
Apenas habían avanzado unos cien metros cuando algo desconcertante capturó su atención: la luz de la luna se posaba sobre una pequeña escalera de piedra en medio del camino, que daba paso a un ancho sendero adoquinado, iluminado tenuemente por lámparas solares.
Quedó estupefacto al ver algo así en medio de la campiña; pero, decidió no decir nada al respecto.
Avanzaron juntos por el sendero, recorriendo otros quinientos metros, hasta alcanzar una curva; al llegar a ese punto, Mateo, no pudo contener su asombro al encontrarse frente a una de las mansiones más imponentes que jamás había visto.
La fachada, era un auténtico deleite para los ojos.
—¡Guau, qué hermosa residencia! — exclamó impresionado por la magnificencia de la casa.
La belleza del lugar lo dejó sin palabras y por un instante, todas sus preocupaciones se desvanecieron, mientras contemplaba la imponente residencia de Plutarco.
Se preguntaba, qué hacía tanta belleza arquitectónica en medio del campo, rodeada de árboles y sin vecinos aparentes en las cercanías.
Las columnas, majestuosamente talladas, flanqueaban la entrada principal, irradiando una sensación de grandeza y sofisticación, que cautivaba la imaginación de Mateo.
También le llamó la atención en el centro de la fachada, una fuente con la figura esculpida de una venus emergiendo del agua, la cual, le añadía un toque de belleza, suntuosidad y elegancia a la casa, al mismo tiempo, producía una sensación de paz y frescura al entorno.
Los jardines circundantes, con su césped minuciosamente podado y las plantas multicolores, que estaban acompañadas de paredes naturales de pequeños cipreses, recortados con precisión en forma de figuras diversas, eran un estallido de color y vida.
La meticulosa atención al detalle era palpable en cada rincón, eso también se podía observar en las amplias y luminosas ventanas, enmarcadas con molduras finamente trabajadas, que realzaban la arquitectura de la casa.
Además de la imponente mansión; también, pudo observar dos casas más pequeñas a los costados de la principal; las cuales, aunque de menor tamaño, mantenían el mismo nivel de lujo y gracia completando la imagen de opulencia.
Dudando entonces acerca del papel de su anfitrión en ese escenario, se preguntaba: «¿Cuál de esas dos pequeñas casas será el hogar del anciano?».
Su asombro se incrementó, cuando un par de personas se acercaron y saludándolos con cortesía; prestos, se ofrecieron a ayudarlos para cargar los equipos de pesca.
Uno de ellos, le dijo a su anfitrión:
—Hola, mi señor… bienvenido; el agua del jacuzzi está preparada, así mismo, cuando usted lo desee podemos servirle la cena, que también, está lista—
—Muchas gracias, Miguel. — respondió Plutarco
—Quiero presentarles a mi acompañante, Mateo; por favor, preparen la habitación de huéspedes y añadan un plato en la mesa de la cena; lo he invitado a pasar la noche con nosotros—
—Mateo, te presento a mi jardinero Miguel y a Elisa, nuestra ama de llaves, quien mantiene todo el orden administrativo de nuestra casa. — continuó Plutarco mientras el joven les extendía la mano en un cordial saludo.
—Mucho gusto, Miguel… mucho gusto, Elisa. — respondió Mateo.
Esta situación le causó gracia y lo desconcertó, no estaba acostumbrado a tanta formalidad y solemnidad en un saludo.
Después de las presentaciones con el personal de Plutarco, continuó contemplando aquella hermosa mansión, que lo había deslumbrado.
La escena que se mostraba frente a sus ojos era como un sueño hecho realidad; no podía creer la opulencia y el lujo que rodeaban al anciano.
A pesar de eso, en medio de aquel despliegue de riqueza, también, sintió una hospitalidad cálida, sencilla y sincera, emanando de aquellos que le daban la bienvenida.
Cuando llegaron a la casa, antes de que comenzara su recorrido, Plutarco le pidió la llave de su automóvil para que Marco, el chofer en conjunto con Antonio, el guardaespaldas, después de haber recibido las indicaciones donde lo había dejado, antes de su caminata por la campiña, lo llevara al garaje de la casa, luego de dar las indicaciones respectivas, Elisa lo invitó a recorrer la casa y se encargó de acompañarlo;
Después de aquello, mientras el invitado iniciaba el recorrido por la casa, el anciano se dedicó a despachar algunas instrucciones al resto del personal y fue a su habitación a cambiarse para la cena.
Al terminar el recorrido, Mateo quedó maravillado ante la distinción y el estilo, que se desplegaban en cada esquina; posteriormente, fue conducido a su habitación en aquella majestuosa mansión; después de que Elisa le abriera la puerta, se le reveló un espacio acogedor y elegante.
La habitación estaba adornada con muebles de madera finamente tallados y una cama king-size cubierta con sábanas de seda suave, mientras, que la luz tenue que emanaba de las lámparas doradas creaba un ambiente cálido y relajante.
Posteriormente, al quedarse a solas, decidió disfrutar de un momento relajante en la ducha; el baño, era un verdadero oasis de tranquilidad, rodeado de azulejos brillantes y una regadera en forma de cascada serpenteante, desde la cual emanaba agua cálida; chorros de agua salían simultáneamente de las paredes, masajeando su cuerpo con una agradable caricia líquida.
Mientras el agua caía sobre su cuerpo, sintió cómo las preocupaciones y tensiones se disolvían, dejando espacio para la paz y la serenidad.
Al finalizar de disfrutar ese delicioso baño con agua caliente, vinieron a su mente las palabras de Terry Pratchett, quien enfrentó varios desafíos, incluida una lucha contra el Alzheimer; pero, a pesar de ello siempre decía:
«“Después de una buena ducha caliente, uno puede olvidar, hasta la guerra”».
Al retornar a la alcoba, encontró un conjunto de ropa recién lavada y planchada dispuesta encima de la cómoda, eran prendas de alta calidad y elegancia; aunque sencillas, estaban perfectas para la ocasión.
Se vistió rápidamente, agradecido por el gesto generoso del anciano, quien le proporcionaba, no solo refugio; sino también, comodidad.
Al terminar de vestirse, se apresuró para reunirse con su anfitrión, quien ya se encontraba en el comedor dando disposiciones a su personal.
La mesa, adornada con esmero, exhibía una fina vajilla y candelabros resplandecientes; durante aquel festín, la atmósfera se impregnó de un aroma delicioso, anunciando la exquisitez de la cena.
Mientras saboreaban aquel delicioso banquete, una sensación de cordialidad los envolvió entre bocado y bocado; sin embargo, hubo un momento de aquella riquísima comida nocturna, que Mateo sumido en sus pensamientos, quedó en silencio por un instante, perdido en reflexiones profundas; su anfitrión, con una mirada serena y reconfortante, decidió acercarse al problema con tacto.
—¿Qué te ha traído a este tranquilo rincón en la campiña? — preguntó, notando las nubes oscuras que parecían llenar la mente de Mateo y reflejarse en su rostro
—Si consideras que puedo apoyarte con algún humilde consejo, puedes confiar en que te seré sincero y a lo mejor con mi opinión; también, de utilidad en la solución de lo que te agobia—.
Sin comprender, del todo y por qué, Mateo sentía una convicción cada vez más fuerte, de que, aquel anciano sabio, podría ofrecerle los consejos y la sabiduría necesarios para encontrar remedio a sus preocupaciones y encaminarlo hacia el éxito.
Pero no dejaba de preguntarse: «¿Qué fuerza misteriosa, lo había llevado a encontrarse con un hombre tan sencillo, a pesar de su entorno de opulencia y fastuosidad?» al hacerlo, una chispa de entendimiento iluminó su mente, haciendo que interpretara, que aquel encuentro no era simplemente obra del azar.
Confiando en sus instintos, decidió abrir su corazón y compartir sus preocupaciones con el anciano, impulsado únicamente por una chispa de esperanza; a pesar de estar envuelto en una maraña de dudas, una pregunta persistía en su cabeza:
«¿Es solo una ilusión o mi desesperación, me hace ver a Plutarco, como una tabla de salvación en el mar de desolación que es mi vida?»
Mateo was a middle-aged man with green eyes, like emeralds bathed in the faint light of winter. They often seemed to reflect serenity and an easy cheerfulness, but if you looked more closely you would discover a deep melancholy, as if he had reached a breaking point in his life.
His distant gaze reflected an inner turmoil that barely showed on his calm face. His thoughts, like leaves dancing in the wind, searched for clarity amid the chaos that surrounded him: a labyrinth of emotions where love and pain wove their web in the depths of his soul.
It was a Friday, just before the February carnival holiday, and after an exhausting day at work a spark of adventure lit up in his spirit. Driven by that unexpected urge, he decided to get into his car, escape the routine and drive with no fixed destination toward the outskirts of the city.
Driving along winding roads through the countryside, he found himself surrounded by ever-changing landscapes. He did not only enjoy them with his eyes; he felt his troubled spirit slowly finding an unusual calm as he watched the sky turn the golden shades of a sunny evening.
At last he stopped his car at the side of the road and, immersed in the stillness of the scene, stepped out and let the tranquility of the surroundings flood him completely. In that instant he felt a peace he had not known for a very long time.
As if it were a canvas painted by the Creator’s brush, the horizon showed him the duality of the world: on one side, the abundance of nature, adorned with its greenery and the multicolored rainbow of its flowers; and at the same time, the cold, winding concrete road that merged into it and seemed to have no end.
That ambiguity brought a similar image to his mind: day and night dancing in an eternal balance, the yin and yang of life.
He knew these ideas well: together they represent the paradox of all things and how these forces interact and complement each other. But at that moment, such contradictions meant little in his life.
Although he looked calm, his heart was racing. Worries and frustrations surfaced in his mind once more, and his thoughts offered him neither a clear way out nor a final answer to ease the uncertainty that weighed on him, leaving him in an emotional maze with no apparent exit.
He decided to set off across the meadow, feeling like the hero of his favorite book, The Odyssey: a modern Ulysses in search of his Ithaca. With that thought in his head, he began to walk, venturing beyond the edges of the road.
Somewhat hesitant, he kept walking along the paths of the meadow, wrapped in a cloud of nostalgic thoughts. Every step seemed to be a question without an answer; he was constantly searching for meaning in his life, in a world marked by doubt, fear and challenges.
He felt trapped in a maze of endless problems; even so, he searched desperately for a way out that would make sense of his situation and set him on the path toward the achievements he longed for.
As he made his way across the fields, many questions filled his head. Among them, he asked himself:
“How had he reached this crucial point in his life, where fulfillment and the achievement of his dreams seemed so elusive?”
“What had happened to those dreams that used to set his youthful spirit on fire with passion and determination?”
“Where, in the course of everyday life, had he lost his most fervent hopes and the promises he had made to himself and to his wife of a happy, fruitful and successful life?”
Nature, with its quiet whisper, seemed to be giving him direct answers. Every breeze and every leaf dancing to the rhythm of the wind carried a clear message of hope and renewal, even if at times he found it hard to interpret.
Deep down he knew the answers were there; something inside him told him that he himself knew them. Yet no matter how hard he tried, he could not see them; he still could not decipher them.
The trees before his eyes also told him their story: they had endured hurricane winds and, despite every blow, had remained firm and flourishing. Their message reminded him that there was still a path toward the fulfillment of his hopes, even if his dreams now seemed so distant.
Still, fleeting thoughts led him to reflect on his present situation and compare it with the challenges of his past.
“Could he find the key to his own transformation amid the serenity of this place?”
“Was it time to move to another city or country, to look beyond familiar places toward new and unknown horizons, and by making that decision find new opportunities and challenges?”
These thoughts brought back, again and again, a feeling of nostalgia as he remembered his past triumphs. In those moments they were like flashes of light in the darkness of his memory, and they made him reflect on the road he had traveled. Every victory of the past reminded him that, whatever the circumstances, he had always managed to find ideas that brought good results to his problems and challenges.
“What lessons could he draw from those fleeting victories and bitter defeats of his past?”
“How could he use those experiences to build a more promising and fulfilling future for himself and his family?”
After wandering aimlessly for a few minutes, his eyes were irresistibly drawn to an astonishing landscape unfolding before him: fruit trees lined up in perfectly defined plots filled the air with an intoxicating blend of scents.
The sweet aroma of mango mingled with the freshness of pineapple, while dragon fruit, papaya, granadilla, passion fruit and tree tomato added their exotic and delicious fragrances.
With every breath his senses were delighted, and he felt his connection with nature grow stronger. In those natural surroundings, his restless spirit found peace.
He remained captivated by the charm of that picturesque countryside. White fences stood out against the lush green all around, and in the middle of that greenery, paths zigzagging between the trees seemed to invite him to enter that natural world and discover the secrets it held.
As he went deeper along those trails, he sensed a different energy filling the place, growing with every step and giving him a feeling of calm and connection with the earth.
Tall, proud teak trees rose like guardians of the countryside’s natural treasures. Their outstretched branches offered a safe shelter under which Mateo walked, feeling protected and welcomed by the soft melody of the wind that caressed his face with its cool currents, as if nature itself were offering him a friendly hand.
The forest whispered secrets in his ear as he walked among ancient trees that seemed to be silent witnesses of his turbulent inner journey. Every leaf crunching under his feet was like an echo of his own doubts, and the rays of the setting sun filtering through the branches created a dance of light and shadow that mirrored the duality of his feelings and revealed the complexity of his troubled soul.
After a long walk through the countryside, he found himself in a dreamlike place that seemed to come from a fantasy world, where wonder and serenity embraced in an enchanting dance.
The beauty of the landscape, with its vibrant colors blending into one another as they unfolded before his eyes, was marvelous, composing scenes worthy of admiration.
As he gazed at this paradise he had never expected to find on his unplanned journey, memories of his past achievements surfaced in his mind once again. His thoughts traveled back to the day he got married and promised his wife a future full of comfort and happiness; to keep that promise, he had set out on a hard journey in search of success and prosperity.
A few years later, adversity seemed to conspire to block his way, leaving him lost and discouraged just when he was beginning to consolidate his goals.
His thoughts returned to those moments of triumph when, with courage, he had persuaded important people to support him in reaching his goals.
He remembered how he had convinced a businessman he had never met to send him merchandise on consignment, which allowed him to fill the store he ran with his father without putting up any capital or guarantee.
He had vivid memories of the support he gave a loved one with limited means, encouraging that person to build a thriving business with nothing more than a household sewing machine; and of the day when, facing hardship, he improved his situation by trading an object of little value for a tool that opened the door to his first venture.
Then he recalled difficult times that led him to end business partnerships and face betrayal and adversity, and as a result to deal with unexpected debts when he discovered that people close to him, people he cared for deeply, were doing business behind his back.
He also remembered how, despite the situation he was left in, he had not given up. With determination and passion he went out to offer products he did not even have in stock, and as a result he closed business deals with outstanding professionals. That brought about a commercial revival, helped him overcome the obstacles of the moment and allowed him to rebuild his company.
Even so, he was aware that, despite these memories full of battles won and moments of success, he now played them down, telling himself:
“What good can they do me in my present reality, if nothing is left of them, no trace or benefit that could help me in my current situation?”
He felt that, although he had won those battles, he was beginning to lose the war of life.
Once again, one after another, a series of questions about his life came to the surface.
“What had happened to him?”
“Where had his youthful drive and his ambition to achieve gone?”
“Why had he let his life go by without obtaining what he had set out to achieve?”
“How had those successes, which seemed to come so easily in the past, faded away with time?”
“How had he come to lose the confidence and success that once seemed within his reach?”
Mateo, once a vibrant and energetic man who had overcome many challenges, some of which pushed him to the limit of his endurance, now felt disoriented, uneasy and anguished. He felt unable to find a clear path that would help him overcome his present adversities and reach his deepest hopes.
He reflected on how every morning it became harder to face his difficulties. Memories of the past mixed with a discouraging present, creating a cocktail of nostalgia and a strong desire to recover the passion that had once driven him toward success… Now, mentally, spiritually and financially, he felt like a failure.
Still without the right answers, and despite his current worries, his past achievements reminded him that his fighting spirit, though weakened, was still alive within him.
As he remained lost in thought, with every glance around him he searched for answers to his discouragement and tried to rekindle the passion for life that had once made him a winner.
He could not help feeling a loneliness that overwhelmed him, making him doubt himself and his abilities. He wondered whether his goals were unattainable, whether one day he would find true fulfillment, or whether it would be better to resign himself to never having a prosperous and abundant life.
Although night was beginning to wrap the landscape in its dark mantle, Mateo had grown used to the place and was not worried about its solitude or its possible dangers.
He still hoped that, once back home, somewhere between sleep and waking in the morning, he would find an answer to his worries.
With determination, he recalled a proverb his mother had taught him in his youth, one that had stayed with him in times of uncertainty:
“Trust in the Lord with all thine heart; and lean not unto thine own understanding. In all thy ways acknowledge him, and he shall direct thy paths.”
These words echoed in his mind, reminding him that even in the darkest moments there is always light at the end of the tunnel. Yet he saw that light as a distant star in the sky that, for some reason, had no effect on his life right now.
He was so absorbed in this whirlwind of thoughts, his eyes fixed on the mirror-like water of the small lake that made the place even more beautiful, that he had not noticed someone else was there.
When he looked up and glanced around, he noticed, about a hundred and fifty meters away under a weeping willow whose drooping branches surrounded him like an aura, the figure of an older man sitting on a folding chair, calmly enjoying his time with a fishing rod.
As he approached the fisherman, Mateo noticed the old man’s distinctive features. His wrinkled face conveyed a serenity and wisdom that left him puzzled, and his white, carefully trimmed beard and silver hair with soft waves gave him a neat and distinguished air, as if he were a guardian of the forest’s secrets.
“My name is Mateo,” said the younger man, trying to break the silence around them as he looked at the old man with curiosity.
“Plutarco. A pleasure to meet you, Mateo,” the old man replied, with a warm smile that radiated wisdom.
“Did you know that your name means ‘gift of God’?” he added, letting the words float in the air as if hinting at something deeper. Surprised but intrigued by the remark, Mateo smiled and said:
“I knew, but I never thought about what it really means… I suppose I’m still looking for what I am meant to give the world.”
His words were sincere, almost a confession, while his eyes searched the other man’s for some answer that time had denied him.
Mateo was struck by the depth and intense blue of Plutarco’s eyes, which seemed to reflect the sky itself and an admirable serenity.
“Why are you fishing so late in the day, and in such a remote place? People usually do it at dawn,” Mateo said, showing his curiosity.
With a warmth that reached Mateo’s soul, Plutarco nodded and shared the reason behind his choice.
“This place may seem lonely to you, but for me it is full of life and wonders.”
“Have you noticed the marvels around us? Fish dancing in the water, birds singing their melodies, squirrels leaping between the trees… every creature has its story and its home in this natural paradise.”
Mateo listened closely as the old man shared his love for nature and explained why he preferred to fish in the last hours of the day. The evening fisherman’s words resonated in his heart, rekindling, with an intensity he had long forgotten, his connection with the natural world.
Meanwhile, darkness was taking over the landscape, but that did not worry them. They had lost track of the time and were enjoying their pleasant conversation; they kept talking, so absorbed that they practically forgot the passing of the hours.
Until, at one point, Plutarco asked:
“Mateo, do you live around here? I’ve never seen you in these parts before.”
“No, I live in the city. I’m just passing through,” he replied.
Glancing up at the sky for a moment, the old man sensed the coming storm and, in a kind tone, offered a helping hand, inviting him to take shelter in his home, at least for that night or until the bad weather had passed.
Sensible as the invitation was, it stirred a whirlwind of doubts in Mateo. Life’s blows had forged in him a deep, almost instinctive distrust of everyone, and Plutarco’s sincerity seemed too good to be true.
He could not find any reason why a stranger who had only just met him would invite him to spend the night at his house, even with a reason as valid as the storm approaching the area.
In the end, faced with the insistence, arguments and calm manner of his new friend, he overcame his doubts and accepted the offer with gratitude. On reflection, it seemed full of frankness and generosity, and he recognized that it would be much more than shelter from that night’s storm: the old man’s gesture would be a living reminder that kindness and generosity still flourish in the world.
As if reading his guest’s thoughts, Plutarco said:
“Don’t hesitate. Sometimes in life it is essential to yield, with humility, to our emotional decisions, and to accept help and support in times of need, like the temporary shelter we are offered so that we can regain our strength before continuing on our way.”
Those striking words and Plutarco’s penetrating gaze awakened his curiosity and his fascination with the old man.
Grateful, and a little more confident, he got up from the grass where he had been sitting and helped the old man gather his fishing gear.
Together they set off toward Plutarco’s house, following a trail that led into the darkness of the night. The old man’s guidance and hospitality comforted him as they walked.
They had gone barely a hundred meters when something puzzling caught his attention: moonlight was falling on a small stone staircase in the middle of the trail, which opened onto a wide cobbled path faintly lit by solar lamps.
He was astonished to see such a thing in the middle of the countryside, but he decided not to say anything about it.
They walked on together along the path for another five hundred meters until they reached a bend. There Mateo could not contain his amazement: he found himself in front of one of the most imposing mansions he had ever seen.
The façade was a true delight to the eye.
“Wow, what a beautiful house!” he exclaimed, impressed by its magnificence.
The beauty of the place left him speechless, and for a moment all his worries vanished as he gazed at Plutarco’s imposing residence.
He wondered what so much architectural beauty was doing in the middle of the countryside, surrounded by trees and with no neighbors anywhere in sight.
Majestically carved columns flanked the main entrance, radiating a sense of grandeur and sophistication that captured Mateo’s imagination.
He was also struck by a fountain at the center of the façade, with a sculpted Venus rising from the water. It added a touch of beauty, splendor and elegance to the house, and at the same time gave the surroundings a feeling of peace and freshness.
The surrounding gardens, with their carefully mown lawns and multicolored plants framed by natural walls of small cypresses precisely trimmed into various shapes, were a burst of color and life.
The meticulous attention to detail could be felt in every corner, and it could also be seen in the large, bright windows framed by finely worked moldings that enhanced the architecture of the house.
Besides the imposing mansion, he could also see two smaller houses on either side of the main one. Though smaller, they kept the same level of luxury and grace, completing the picture of opulence.
Unsure, then, about his host’s role in this setting, he wondered: “Which of those two small houses could be the old man’s home?”
His astonishment grew when two people came up, greeted them courteously and promptly offered to help carry the fishing gear.
One of them said to his host:
“Good evening, sir… welcome. The jacuzzi is ready, and dinner is ready too; we can serve it whenever you wish.”
“Thank you very much, Miguel,” Plutarco replied.
“I’d like you to meet my companion, Mateo. Please prepare the guest room and set another place at the dinner table; I’ve invited him to spend the night with us.”
“Mateo, this is Miguel, my gardener, and Elisa, our housekeeper, who keeps the whole household running in perfect order,” Plutarco went on, as the younger man held out his hand in a friendly greeting.
“Nice to meet you, Miguel… nice to meet you, Elisa,” Mateo replied.
The situation amused and puzzled him; he was not used to so much formality and solemnity in a greeting.
After being introduced to Plutarco’s staff, he went on admiring the beautiful mansion that had dazzled him.
The scene before his eyes was like a dream come true; he could hardly believe the opulence and luxury that surrounded the old man.
And yet, amid that display of wealth, he also felt a warm, simple and sincere hospitality coming from those who welcomed him.
When they reached the house, before the tour began, Plutarco asked him for his car keys so that Marco, the driver, together with Antonio, the bodyguard, could bring it to the house’s garage once Mateo had told them where he had left it before his walk through the countryside. After giving the necessary instructions, Elisa invited him to tour the house and accompanied him herself.
While his guest began the tour, the old man gave a few instructions to the rest of the staff and went to his room to change for dinner.
At the end of the tour, Mateo was amazed by the distinction and style on display in every corner. He was then shown to his room in that majestic mansion; when Elisa opened the door, a cozy and elegant space was revealed.
The room was furnished with finely carved wooden pieces and a king-size bed covered with soft silk sheets, while the soft light from the golden lamps created a warm and relaxing atmosphere.
Once alone, he decided to enjoy a relaxing moment in the shower. The bathroom was a true oasis of tranquility, lined with gleaming tiles and fitted with a shower shaped like a winding waterfall that poured warm water; jets of water flowed from the walls at the same time, massaging his body with a pleasant liquid caress.
As the water fell over him, he felt his worries and tensions dissolve, leaving room for peace and serenity.
When he had finished enjoying that wonderful hot shower, he remembered the words of Terry Pratchett, who faced many challenges, including a battle with Alzheimer’s, and who nevertheless always used to say:
“After a good hot shower, one can forget even the war.”
Back in the bedroom, he found a set of freshly washed and ironed clothes laid out on the chest of drawers: high-quality, elegant garments that, though simple, were perfect for the occasion.
He dressed quickly, grateful for the generous gesture of the old man, who was giving him not only shelter but also comfort.
Once dressed, he hurried to join his host, who was already in the dining room giving instructions to his staff.
The table, carefully laid, displayed fine china and gleaming candelabras. During that feast the air was filled with a delicious aroma that announced the exquisite dinner to come.
As they savored that delicious banquet, a sense of cordiality surrounded them between bites. At one point during the meal, however, Mateo fell silent for a moment, lost in deep reflection. His host, with a calm and reassuring look, decided to approach the matter with tact.
“What has brought you to this quiet corner of the countryside?” he asked, noticing the dark clouds that seemed to fill Mateo’s mind and show on his face.
“If you think I can help you with some humble advice, you can trust that I will be honest with you, and perhaps my opinion will also be useful in solving whatever is troubling you.”
Without fully understanding why, Mateo felt an ever-stronger conviction that this wise old man could offer him the advice and wisdom he needed to find a remedy for his worries and to set him on the road to success.
But he kept asking himself: “What mysterious force had led him to meet such a simple man, despite his surroundings of opulence and splendor?” As he did, a spark of understanding lit up his mind and made him realize that this encounter was not simply a matter of chance.
Trusting his instincts, he decided to open his heart and share his worries with the old man, driven only by a spark of hope. Even so, wrapped in a tangle of doubts, one question lingered in his head:
“Is it just an illusion, or is it my despair that makes me see Plutarco as a lifeline in the sea of desolation that is my life?”
Mateo était un homme d’âge mûr aux yeux verts, comme des émeraudes baignées par la pâle lumière de l’hiver. Ils semblaient souvent refléter la sérénité et une gaieté de surface, mais en les regardant de plus près, on y découvrait une profonde mélancolie, comme s’il était arrivé à un point de rupture dans sa vie.
Son regard perdu trahissait un tumulte intérieur que son visage serein laissait à peine deviner. Ses pensées, comme les feuilles qui dansaient dans le vent, cherchaient la clarté au milieu du chaos qui l’enveloppait : un labyrinthe d’émotions où l’amour et la douleur tissaient leur toile au plus profond de son âme.
C’était un vendredi, juste avant le congé du carnaval de février, et après une journée de travail épuisante, une étincelle d’aventure s’alluma en lui. Poussé par cet élan inattendu, il décida de monter dans sa voiture, d’échapper à la routine et de rouler sans but vers les environs de la ville.
En conduisant sur des routes sinueuses à travers la campagne, il se retrouva entouré de paysages changeants. Il ne se contenta pas de les admirer : il sentit son esprit agité trouver peu à peu un calme inhabituel, tandis qu’il regardait le ciel se teinter des nuances dorées d’un coucher de soleil.
Enfin, il arrêta sa voiture au bord de la route et, plongé dans la quiétude du paysage, il descendit et laissa la tranquillité des lieux l’envahir tout entier. Il ressentit alors une paix qu’il n’avait pas connue depuis très longtemps.
Comme une toile peinte par le pinceau du Créateur, l’horizon lui montrait la dualité du monde : d’un côté, l’exubérance de la nature, parée de sa verdure et de l’arc-en-ciel multicolore des fleurs ; de l’autre, la route de béton, froide et sinueuse, qui s’y mêlait et semblait ne jamais finir.
Cette ambiguïté lui rappela une image semblable : le jour et la nuit dansant dans un équilibre éternel, le yin et le yang de la vie.
Il connaissait bien ces idées : ensemble, elles représentent le paradoxe de toute chose et la façon dont ces forces interagissent et se complètent. Mais à ce moment-là, ces contradictions n’avaient guère de sens dans sa vie.
Bien qu’il parût calme, son cœur battait fort. Les soucis et les frustrations remontaient à la surface de son esprit, et ses pensées ne lui offraient ni issue claire ni réponse définitive pour apaiser l’incertitude qui l’accablait. Il restait prisonnier d’un labyrinthe émotionnel sans sortie apparente.
Il se décida à traverser la prairie, se sentant comme le héros de son livre préféré, L’Odyssée : un Ulysse moderne en quête de son Ithaque. Avec cette pensée en tête, il se mit à marcher et s’aventura au-delà des limites de la route.
Un peu hésitant, il continua d’avancer sur les sentiers de la prairie, enveloppé d’un nuage de pensées nostalgiques. Chaque pas semblait être une question sans réponse ; il cherchait sans cesse un sens à sa vie, dans un monde marqué par le doute, les peurs et les défis.
Il se sentait pris au piège d’un labyrinthe de problèmes sans fin ; pourtant, il cherchait désespérément une issue qui éclaire sa situation et le mette sur le chemin des réalisations qu’il désirait tant.
À mesure qu’il avançait dans les champs, de nombreuses questions envahissaient son esprit. Il se demandait entre autres :
« Comment en était-il arrivé à ce tournant de sa vie, où l’épanouissement et la réalisation de ses rêves semblaient si insaisissables ? »
« Qu’étaient devenus ces rêves qui enflammaient autrefois son esprit de jeune homme de passion et de détermination ? »
« Où s’étaient égarés, au fil du quotidien, ses désirs les plus ardents et les promesses faites à lui-même et à sa femme d’une vie heureuse, féconde et réussie ? »
La nature, avec son murmure paisible, semblait lui répondre directement. Chaque brise et chaque feuille qui dansaient au rythme du vent portaient un message clair d’espoir et de renouveau, même s’il avait parfois du mal à le comprendre.
Au fond de lui, il savait que les réponses étaient là ; quelque chose en lui lui disait qu’il les connaissait lui-même. Mais il avait beau s’efforcer, il ne les voyait pas ; il n’arrivait pas encore à les déchiffrer.
Les arbres, devant ses yeux, lui racontaient aussi leur histoire : ils avaient résisté à des vents d’ouragan et, malgré les assauts, étaient restés debout et florissants. Leur message lui rappelait qu’il existait encore un chemin vers la réalisation de ses désirs, même si ses rêves lui semblaient désormais si lointains.
Pourtant, des pensées fugaces l’amenèrent à réfléchir à sa situation présente et à la comparer aux épreuves de son passé.
« Pourrait-il trouver la clé de sa propre transformation dans la sérénité de ce lieu ? »
« Était-il temps de partir vivre dans une autre ville ou un autre pays, de regarder au-delà des lieux connus vers des horizons nouveaux, et de trouver, grâce à cette décision, de nouvelles opportunités et de nouveaux défis ? »
Ces pensées faisaient renaître en lui, encore et encore, la nostalgie de ses triomphes passés. À ces moments-là, ils étaient comme des éclairs de lumière dans l’obscurité de sa mémoire et l’amenaient à méditer sur le chemin parcouru. Chaque victoire d’autrefois lui rappelait que, quelles que soient les circonstances, il avait toujours su trouver des idées qui apportaient de bons résultats à ses problèmes et à ses défis.
« Quelles leçons pouvait-il tirer de ces victoires éphémères et de ces défaites amères ? »
« Comment pouvait-il se servir de ces expériences pour bâtir un avenir plus prometteur et plus heureux pour lui et sa famille ? »
Après avoir erré sans but pendant quelques minutes, ses yeux furent irrésistiblement attirés par un paysage étonnant qui s’ouvrait devant lui : des arbres fruitiers alignés en parcelles parfaitement dessinées remplissaient l’air d’un mélange enivrant de parfums.
Le doux arôme de la mangue se mêlait à la fraîcheur de l’ananas, tandis que le fruit du dragon, la papaye, la grenadille, le fruit de la passion et la tomate en arbre apportaient leurs senteurs exotiques et délicieuses.
À chaque respiration, son odorat se régalait et il sentait se renforcer son lien avec la nature. Dans ce cadre naturel, son esprit inquiet trouva la paix.
Il restait captivé par le charme de cette campagne pittoresque. Des clôtures blanches tranchaient sur le vert luxuriant des alentours et, au milieu de cette verdure, des sentiers serpentant entre les arbres semblaient l’inviter à pénétrer dans ce monde naturel pour en découvrir les secrets.
À mesure qu’il s’enfonçait sur ces chemins, il sentait une énergie différente envahir les lieux, grandissant à chaque pas et lui procurant une sensation de calme et de lien avec la terre.
Les tecks, imposants et altiers, se dressaient comme les gardiens des trésors naturels de la campagne. Leurs branches déployées offraient un abri sûr sous lequel Mateo marchait, protégé et accueilli par la douce mélodie du vent qui lui caressait le visage de ses courants frais, comme si la nature elle-même lui tendait une main amie.
La forêt lui murmurait des secrets à l’oreille tandis qu’il marchait parmi des arbres anciens qui semblaient être les témoins muets de son voyage intérieur tumultueux. Chaque feuille qui craquait sous ses pieds était comme l’écho de ses propres doutes, et les rayons du soleil couchant, filtrant à travers les branches, créaient une danse d’ombres et de lumières qui reflétait la dualité de ses sentiments et révélait la complexité de son âme en conflit.
Après une longue marche à travers la campagne, il se retrouva dans un lieu de rêve, qui semblait sorti d’un monde imaginaire, où l’émerveillement et la sérénité s’enlaçaient dans une danse enchanteresse.
La beauté du paysage, avec ses couleurs vives qui se fondaient les unes dans les autres sous son regard, était merveilleuse et composait des tableaux dignes d’admiration.
Tandis qu’il contemplait ce lieu paradisiaque qu’il ne s’attendait pas à découvrir au cours de sa promenade improvisée, le souvenir de ses réussites passées lui revint une fois de plus. Son esprit voyagea jusqu’au jour de son mariage, où il s’était engagé à offrir à sa femme un avenir plein de confort et de bonheur ; pour tenir cette promesse, il s’était lancé dans un dur chemin en quête de réussite et de prospérité.
Quelques années plus tard, l’adversité sembla conspirer pour entraver sa route, le laissant désorienté et découragé au moment même où il parvenait à consolider ses objectifs.
Ses pensées revinrent à ces moments de triomphe où, avec courage, il avait convaincu des personnes importantes de le soutenir pour atteindre ses buts.
Il se rappelait comment il avait persuadé un homme d’affaires qu’il n’avait jamais vu de lui envoyer de la marchandise en dépôt, ce qui lui avait permis de remplir le magasin qu’il tenait avec son père sans apporter le moindre capital ni la moindre garantie.
Il se souvenait avec netteté de l’aide qu’il avait apportée à un être cher aux moyens modestes, en l’encourageant à créer une entreprise prospère avec une simple machine à coudre domestique ; et du jour où, face aux difficultés, il avait amélioré sa situation en échangeant un objet de peu de valeur contre un outil qui lui avait ouvert les portes de sa première entreprise.
Puis il se remémora des moments difficiles qui l’avaient conduit à mettre fin à des associations, à affronter trahisons et revers, et par conséquent à faire face à des dettes inattendues, lorsqu’il découvrit que des proches, des personnes qu’il appréciait beaucoup, faisaient des affaires dans son dos.
Il se rappelait aussi comment, malgré la situation dans laquelle il s’était retrouvé, il ne s’était pas laissé abattre. Avec détermination et passion, il était allé proposer des produits qu’il n’avait même pas en stock et avait ainsi conclu des accords commerciaux avec des professionnels reconnus. Cela avait permis le redressement de ses affaires, de surmonter les obstacles du moment et de relever son entreprise.
Pourtant, il avait conscience que, malgré ces souvenirs pleins de batailles gagnées et de moments de réussite, il les minimisait désormais en se disant :
« À quoi peuvent-ils me servir dans ma réalité présente, s’il n’en reste ni trace ni bénéfice qui puisse m’aider dans ma situation actuelle ? »
Il sentait que, même s’il avait gagné ces batailles, il commençait à perdre la guerre de la vie.
Une fois encore, l’une après l’autre, une série de questions sur sa vie surgirent.
« Que lui était-il arrivé ? »
« Où étaient passés l’élan de sa jeunesse et son ambition de réussir ? »
« Pourquoi avait-il laissé sa vie s’écouler sans obtenir ce qu’il s’était proposé ? »
« Comment ces succès, qui semblaient venir si facilement autrefois, s’étaient-ils évanouis avec le temps ? »
« Comment en était-il venu à perdre la confiance et la réussite qui paraissaient autrefois à sa portée ? »
Mateo, jadis un homme vibrant et énergique qui avait surmonté bien des épreuves, dont certaines l’avaient poussé à la limite de ses forces, éprouvait maintenant un sentiment de désorientation, de malaise et d’angoisse. Il se sentait incapable de trouver un chemin clair pour surmonter ses difficultés actuelles et atteindre ses aspirations les plus profondes.
Il pensait au fait que chaque matin, il lui était plus difficile d’affronter ses épreuves. Les souvenirs du passé se mêlaient à un présent décourageant, formant un cocktail de nostalgie et un fort désir de retrouver la passion qui l’avait autrefois porté vers le succès… Désormais, mentalement, spirituellement et financièrement, il se sentait un raté.
Toujours sans les bonnes réponses, et malgré ses soucis présents, ses réussites passées lui rappelaient que son esprit combatif, bien qu’affaibli, vibrait encore en lui.
Toujours plongé dans ses pensées, il cherchait, à chaque regard autour de lui, des réponses à son découragement et le moyen de raviver cette passion pour la vie qui avait fait de lui, un jour, un gagnant.
Il ne pouvait s’empêcher de ressentir une solitude qui l’envahissait et le faisait douter de lui-même et de ses capacités. Il se demandait si ses objectifs étaient inaccessibles, s’il trouverait un jour la véritable satisfaction, ou s’il valait mieux se résigner à ne jamais avoir une vie prospère et abondante.
Bien que la nuit commençât à envelopper le paysage de son manteau sombre, Mateo s’était habitué à l’endroit et ne s’inquiétait ni de sa solitude ni de ses dangers éventuels.
Il gardait l’espoir qu’une fois rentré chez lui, entre le sommeil et le réveil du matin, il trouverait une réponse à ses soucis.
Avec détermination, il se souvint d’un proverbe que sa mère lui avait appris dans sa jeunesse et qui l’avait accompagné dans les moments d’incertitude :
« Confie-toi en l’Éternel de tout ton cœur, et ne t’appuie pas sur ta sagesse ; reconnais-le dans toutes tes voies, et il aplanira tes sentiers. »
Ces paroles résonnaient dans son esprit et lui rappelaient que, même dans les moments les plus sombres, il y a toujours une lumière au bout du tunnel. Pourtant, il voyait cette lumière comme une étoile lointaine dans le ciel qui, pour une raison ou une autre, n’avait aucun effet sur sa vie actuelle.
Il était si absorbé par ce tourbillon de pensées, les yeux fixés sur le miroir d’eau du petit lac qui embellissait encore le lieu, qu’il ne s’était pas aperçu de la présence de quelqu’un d’autre.
En levant les yeux et en regardant autour de lui, il aperçut, à environ cent cinquante mètres, sous un saule pleureur dont les branches tombantes l’entouraient comme une aura, la silhouette d’un homme âgé assis sur une chaise pliante, profitant tranquillement de son temps avec une canne à pêche.
En s’approchant du pêcheur, Mateo remarqua les traits singuliers du vieil homme : son visage ridé dégageait une sérénité et une sagesse qui le laissèrent perplexe, et sa barbe blanche soigneusement taillée, ainsi que ses cheveux argentés aux ondulations souples, lui donnaient un air soigné et distingué, comme s’il était le gardien des secrets de la forêt.
— Je m’appelle Mateo, dit le plus jeune pour rompre le silence qui les entourait, tout en observant le vieil homme avec curiosité.
— Plutarco. Enchanté de faire ta connaissance, Mateo, répondit le vieil homme avec un sourire chaleureux qui rayonnait de sagesse.
— Savais-tu que ton prénom signifie « don de Dieu » ? ajouta-t-il, laissant ses mots flotter dans l’air comme s’il suggérait quelque chose de plus profond. Surpris, mais intrigué par cette réflexion, Mateo esquissa un sourire et dit :
— Je le savais, mais je n’avais jamais réfléchi à ce que cela veut vraiment dire… Je suppose que je cherche encore ce que je dois offrir au monde.
Ses paroles étaient sincères, presque une confession, tandis que ses yeux cherchaient dans ceux de son interlocuteur une réponse que le temps lui avait refusée.
Mateo fut frappé par la profondeur et le bleu intense des yeux de Plutarco, qui semblaient refléter le ciel lui-même et une sérénité admirable.
— Pourquoi pêches-tu si tard, et dans un endroit si isolé ? D’habitude, on pêche à l’aube, dit Mateo, curieux.
Avec une chaleur qui toucha l’âme de Mateo, Plutarco hocha la tête et lui expliqua sa façon de voir les choses.
— Cet endroit peut te sembler solitaire, mais pour moi il est plein de vie et de merveilles.
— As-tu remarqué les merveilles qui nous entourent ? Des poissons qui dansent dans l’eau, des oiseaux qui chantent leurs mélodies, des écureuils qui sautent d’arbre en arbre… Chaque créature a son histoire et sa maison dans ce paradis naturel.
Mateo écoutait attentivement le vieil homme lui confier son amour de la nature et lui expliquer pourquoi il préférait pêcher aux dernières heures du jour. Les paroles du pêcheur du soir résonnèrent dans son cœur et ravivèrent, avec une intensité oubliée depuis longtemps, son lien avec le monde naturel.
Pendant ce temps, l’obscurité gagnait le paysage, mais cela ne les inquiétait pas : ils avaient oublié l’heure et profitaient de leur agréable conversation. Ils continuèrent à bavarder, si absorbés qu’ils en oublièrent presque le temps qui passait.
Jusqu’à ce que, à un moment donné, Plutarco demande :
— Mateo, tu habites près d’ici ? Je ne t’avais jamais vu dans les parages.
— Non, j’habite en ville. Je ne fais que passer, répondit-il.
Levant un instant les yeux vers le ciel, le vieil homme pressentit l’arrivée de l’orage et, d’un ton aimable, lui tendit une main amie en l’invitant à se réfugier chez lui, au moins pour la nuit ou jusqu’à ce que le mauvais temps soit passé.
Malgré le bon sens de cette invitation, un tourbillon de doutes s’empara de Mateo. Les coups de la vie avaient forgé en lui une méfiance profonde, presque instinctive, envers tout le monde, et la sincérité de Plutarco lui semblait trop belle pour être vraie.
Il ne trouvait aucune raison pour qu’un inconnu qui venait à peine de le rencontrer l’invite à dormir chez lui, même avec un motif aussi valable que l’orage qui approchait.
Finalement, devant l’insistance, les arguments et l’attitude sereine de son nouvel ami, il surmonta ses doutes et accepta l’offre avec gratitude. À la réflexion, elle lui parut pleine de franchise et de générosité, et il comprit qu’elle serait bien plus qu’un abri contre l’orage de cette nuit : le geste du vieil homme serait pour lui un rappel vivant que la bonté et la générosité fleurissent encore dans le monde.
Comme s’il lisait dans les pensées de son visiteur, Plutarco lui dit :
— N’hésite pas. Parfois, dans la vie, il est essentiel de céder avec humilité à nos décisions du cœur, d’accepter de l’aide et du soutien dans les moments difficiles, comme l’abri provisoire qu’on nous offre pour reprendre des forces avant de poursuivre notre chemin.
Ces paroles marquantes et le regard pénétrant de Plutarco éveillèrent sa curiosité et sa fascination pour le vieil homme.
Reconnaissant, et un peu plus confiant, il se releva de l’herbe où il s’était assis et aida le vieil homme à ramasser son matériel de pêche.
Ensemble, ils prirent le chemin de la maison de Plutarco, en suivant un sentier qui s’enfonçait dans l’obscurité de la nuit. La présence et l’hospitalité du vieil homme le réconfortaient tandis qu’ils marchaient.
Ils avaient à peine fait cent mètres quand quelque chose de déconcertant attira son attention : la lumière de la lune se posait sur un petit escalier de pierre au milieu du chemin, qui donnait sur une large allée pavée, faiblement éclairée par des lampes solaires.
Il resta stupéfait de voir une telle chose en pleine campagne, mais décida de ne rien dire.
Ils avancèrent ensemble sur l’allée encore cinq cents mètres, jusqu’à un virage. Arrivé là, Mateo ne put contenir son étonnement : il se trouvait devant l’une des demeures les plus imposantes qu’il ait jamais vues.
La façade était un véritable régal pour les yeux.
— Waouh, quelle magnifique maison ! s’exclama-t-il, impressionné par sa splendeur.
La beauté du lieu le laissa sans voix et, pendant un instant, tous ses soucis s’évanouirent tandis qu’il contemplait l’imposante résidence de Plutarco.
Il se demandait ce que faisait une telle beauté architecturale en pleine campagne, entourée d’arbres et sans aucun voisin apparent.
Des colonnes majestueusement sculptées encadraient l’entrée principale et dégageaient une impression de grandeur et de raffinement qui captivait l’imagination de Mateo.
Il remarqua aussi, au centre de la façade, une fontaine ornée d’une Vénus sculptée émergeant de l’eau ; elle ajoutait à la maison une touche de beauté, de faste et d’élégance, tout en donnant aux alentours une sensation de paix et de fraîcheur.
Les jardins environnants, avec leur pelouse tondue avec soin et leurs plantes multicolores bordées de haies naturelles de petits cyprès taillés avec précision en formes diverses, étaient une explosion de couleurs et de vie.
Le souci méticuleux du détail se ressentait dans chaque recoin ; on le voyait aussi dans les grandes fenêtres lumineuses, encadrées de moulures finement travaillées qui mettaient en valeur l’architecture de la maison.
Outre l’imposante demeure, il aperçut deux maisons plus petites de chaque côté de la principale ; bien que plus modestes, elles conservaient le même niveau de luxe et de grâce et complétaient ce tableau d’opulence.
Doutant alors du rôle de son hôte dans ce décor, il se demanda : « Laquelle de ces deux petites maisons peut bien être celle du vieil homme ? »
Son étonnement grandit lorsque deux personnes s’approchèrent, les saluèrent avec courtoisie et s’empressèrent de proposer leur aide pour porter le matériel de pêche.
L’une d’elles dit à son hôte :
— Bonsoir, monsieur… soyez le bienvenu. L’eau du jacuzzi est prête, et le dîner aussi ; nous pouvons vous le servir quand vous le souhaitez.
— Merci beaucoup, Miguel, répondit Plutarco.
— Je vous présente mon compagnon, Mateo. Préparez la chambre d’amis, s’il vous plaît, et ajoutez un couvert pour le dîner ; je l’ai invité à passer la nuit chez nous.
— Mateo, je te présente Miguel, mon jardinier, et Elisa, notre gouvernante, qui veille à la bonne marche de toute la maison, poursuivit Plutarco, tandis que le jeune homme leur tendait la main pour les saluer cordialement.
La situation l’amusa et le déconcerta à la fois ; il n’était pas habitué à tant de formalité et de solennité pour de simples salutations.
Après les présentations avec le personnel de Plutarco, il continua d’admirer la magnifique demeure qui l’avait ébloui.
La scène qui s’offrait à ses yeux était comme un rêve devenu réalité ; il n’en revenait pas de l’opulence et du luxe qui entouraient le vieil homme.
Et pourtant, au milieu de ce déploiement de richesse, il ressentit aussi une hospitalité chaleureuse, simple et sincère chez ceux qui l’accueillaient.
Arrivés à la maison, avant le début de la visite, Plutarco lui demanda les clés de sa voiture pour que Marco, le chauffeur, accompagné d’Antonio, le garde du corps, aille la chercher à l’endroit où il l’avait laissée avant sa promenade dans la campagne et la ramène au garage de la maison. Après avoir donné les instructions nécessaires, Elisa l’invita à visiter la maison et l’accompagna elle-même.
Pendant que son invité commençait la visite, le vieil homme donna quelques instructions au reste du personnel et alla dans sa chambre se changer pour le dîner.
À la fin de la visite, Mateo resta émerveillé par la distinction et le style qui se déployaient dans chaque recoin. On le conduisit ensuite à sa chambre dans cette majestueuse demeure ; quand Elisa ouvrit la porte, un espace chaleureux et élégant apparut.
La chambre était meublée de pièces en bois finement sculpté et d’un lit king-size couvert de draps de soie douce, tandis que la lumière tamisée des lampes dorées créait une atmosphère chaleureuse et apaisante.
Une fois seul, il décida de s’offrir un moment de détente sous la douche. La salle de bains était une véritable oasis de tranquillité, avec ses carreaux brillants et sa douche en forme de cascade sinueuse d’où jaillissait une eau chaude ; des jets sortaient en même temps des murs et massaient son corps d’une agréable caresse liquide.
Tandis que l’eau coulait sur lui, il sentit ses soucis et ses tensions se dissoudre pour laisser place à la paix et à la sérénité.
Après avoir profité de cette délicieuse douche chaude, il se souvint des mots de Terry Pratchett, qui affronta bien des épreuves, dont une lutte contre la maladie d’Alzheimer, et qui pourtant disait toujours :
« Après une bonne douche chaude, on peut oublier jusqu’à la guerre. »
De retour dans la chambre, il trouva une tenue fraîchement lavée et repassée posée sur la commode : des vêtements de grande qualité et élégants qui, bien que simples, convenaient parfaitement à l’occasion.
Il s’habilla rapidement, reconnaissant envers le geste généreux du vieil homme, qui lui offrait non seulement un abri, mais aussi le confort.
Une fois habillé, il se hâta de rejoindre son hôte, qui se trouvait déjà dans la salle à manger et donnait des instructions à son personnel.
La table, dressée avec soin, présentait une fine vaisselle et des chandeliers étincelants ; pendant ce festin, l’air s’imprégna d’un arôme délicieux qui annonçait un dîner exquis.
Tandis qu’ils savouraient ce délicieux banquet, une atmosphère cordiale les enveloppait entre deux bouchées. À un moment du repas, pourtant, Mateo, plongé dans ses pensées, resta silencieux un instant, perdu dans de profondes réflexions. Son hôte, le regard serein et rassurant, décida d’aborder le sujet avec tact.
— Qu’est-ce qui t’a amené dans ce coin tranquille de la campagne ? demanda-t-il, remarquant les nuages sombres qui semblaient remplir l’esprit de Mateo et se refléter sur son visage.
— Si tu penses que je peux t’aider avec un humble conseil, tu peux être sûr que je serai sincère avec toi, et peut-être que mon avis te sera utile pour résoudre ce qui te pèse.
Sans bien comprendre pourquoi, Mateo sentait grandir en lui la conviction que ce vieux sage pourrait lui offrir les conseils et la sagesse nécessaires pour remédier à ses soucis et le mettre sur le chemin de la réussite.
Mais il ne cessait de se demander : « Quelle force mystérieuse l’avait conduit à rencontrer un homme aussi simple, malgré l’opulence et le faste qui l’entouraient ? » À cette pensée, une étincelle de compréhension illumina son esprit et lui fit comprendre que cette rencontre n’était pas simplement le fruit du hasard.
Se fiant à son instinct, il décida d’ouvrir son cœur et de confier ses soucis au vieil homme, poussé seulement par une étincelle d’espoir. Pourtant, enveloppé dans un enchevêtrement de doutes, une question persistait dans sa tête :
« Est-ce une illusion, ou est-ce mon désespoir qui me fait voir Plutarco comme une planche de salut dans cet océan de désolation qu’est ma vie ? »
Mateo era um homem de meia-idade com olhos verdes, como esmeraldas banhadas pela luz tênue do inverno. Muitas vezes eles pareciam refletir serenidade e uma alegria superficial, mas, olhando mais de perto, dava para descobrir uma profunda melancolia, como se ele estivesse num ponto de ruptura em sua vida.
Seu olhar perdido revelava um tumulto interior que o rosto sereno mal deixava perceber. Seus pensamentos, como as folhas que dançavam ao vento, buscavam clareza no meio do caos que o envolvia: um labirinto de emoções onde o amor e a dor teciam sua teia no mais fundo de sua alma.
Era uma sexta-feira, véspera do feriado de carnaval de fevereiro, e depois de um dia de trabalho exaustivo, uma faísca de aventura se acendeu em seu espírito. Movido por esse impulso inesperado, decidiu entrar no carro, fugir da rotina e dirigir sem rumo para os arredores da cidade.
Dirigindo por estradas sinuosas pelo campo, viu-se cercado de paisagens que mudavam a cada curva. Não apenas as apreciou com os olhos: sentiu seu espírito agitado encontrar, aos poucos, uma calma incomum, enquanto observava o céu se tingir dos tons dourados de um pôr do sol.
Por fim, parou o carro à beira da estrada e, mergulhado na quietude da cena, desceu e deixou que a tranquilidade do lugar o invadisse por completo. Naquele instante, sentiu uma paz que havia muito tempo não experimentava.
Como se fosse uma tela pintada pelo pincel do Criador, o horizonte lhe mostrava a dualidade do mundo: de um lado, a exuberância da natureza, enfeitada com seu verde e o arco-íris multicolorido das flores; ao mesmo tempo, a estrada de concreto, fria e serpenteante, que se fundia a ela e parecia não ter fim.
Essa ambiguidade lhe trouxe à mente uma imagem parecida: o dia e a noite dançando num equilíbrio eterno, o yin e o yang da vida.
Ele conhecia bem essas ideias: juntas, representam o paradoxo de todas as coisas e a forma como essas forças interagem e se complementam. Mas, naquele momento, essas contradições não tinham grande significado em sua vida.
Embora parecesse calmo, seu coração batia acelerado. As preocupações e frustrações voltavam à tona em sua mente, e seus pensamentos não lhe ofereciam nem uma saída clara nem uma resposta definitiva para aliviar a incerteza que o oprimia. Ele continuava preso num labirinto emocional sem saída aparente.
Animou-se a atravessar o prado, sentindo-se como o herói de seu livro favorito, a Odisseia: um Ulisses moderno em busca de sua Ítaca. Com esse pensamento na cabeça, começou a caminhar, aventurando-se além dos limites da estrada.
Um pouco inseguro, continuou andando pelas trilhas do prado, envolto numa nuvem de pensamentos cheios de nostalgia. Cada passo parecia uma pergunta sem resposta; ele buscava constantemente um sentido para a vida, num mundo marcado pela dúvida, pelos medos e pelos desafios.
Sentia-se preso num labirinto de problemas sem fim; mesmo assim, procurava desesperadamente uma saída que esclarecesse sua situação e o colocasse no caminho das realizações que tanto desejava.
À medida que avançava pelo campo, muitas perguntas enchiam sua cabeça. Entre elas, ele se perguntava:
“Como havia chegado a este momento crucial da vida, em que a realização e a conquista de seus sonhos pareciam tão esquivas?”
“O que havia acontecido com aqueles sonhos que antes incendiavam seu espírito jovem de paixão e determinação?”
“Onde haviam ficado perdidos, no caminhar de cada dia, seus desejos mais ardentes e as promessas feitas a si mesmo e à esposa de uma vida feliz, frutífera e de sucesso?”
A natureza, com seu sussurro tranquilo, parecia lhe dar respostas diretas. Cada brisa e cada folha que dançavam ao compasso do vento carregavam uma mensagem clara de esperança e renovação, ainda que, por momentos, fosse difícil interpretá-la.
No fundo, ele sabia que as respostas estavam ali; algo dentro dele dizia que ele mesmo as conhecia. Mas, por mais que se esforçasse, não conseguia vê-las; ainda não conseguia decifrá-las.
As árvores diante de seus olhos também lhe contavam sua história: tinham resistido a ventos de furacão e, apesar dos golpes, haviam permanecido firmes e floridas. Essa mensagem lhe lembrava que ainda existia um caminho para realizar seus desejos, mesmo que agora seus sonhos parecessem tão distantes.
Ainda assim, pensamentos fugazes o levaram a refletir sobre sua situação atual e a compará-la com os desafios do passado.
“Será que poderia encontrar a chave de sua própria transformação em meio à serenidade deste lugar?”
“Seria hora de se mudar para outra cidade ou outro país, de olhar além dos lugares conhecidos para horizontes novos e desconhecidos, e conseguir, com essa decisão, novas oportunidades e novos desafios?”
Esses pensamentos faziam surgir nele, repetidas vezes, a nostalgia de seus triunfos passados. Naqueles momentos, eles eram como lampejos de luz na escuridão da memória e o levavam a meditar sobre o caminho percorrido. Cada vitória do passado lhe lembrava que, fossem quais fossem as circunstâncias, ele sempre havia conseguido encontrar ideias que trouxeram bons resultados para seus problemas e desafios.
“Que lições podia tirar daquelas vitórias passageiras e daquelas derrotas amargas do passado?”
“Como podia usar essas experiências para construir um futuro mais promissor e mais feliz para ele e sua família?”
Depois de vagar sem rumo por alguns minutos, seus olhos foram irresistivelmente atraídos por uma paisagem impressionante que se abria diante dele: árvores frutíferas alinhadas em lotes perfeitamente definidos enchiam o ar com uma mistura inebriante de aromas.
O doce perfume da manga se misturava ao frescor do abacaxi, enquanto a pitaia, o mamão, a granadilla, o maracujá e o tomate-de-árvore acrescentavam seus aromas exóticos e deliciosos.
A cada respiração, seu olfato se deliciava e ele sentia se fortalecer sua conexão com a natureza. Naquele ambiente natural, seu espírito inquieto encontrou paz.
Continuou encantado com o charme daquele campo pitoresco. Cercas brancas se destacavam contra o verde exuberante ao redor e, no meio daquele verde, trilhas em zigue-zague entre as árvores pareciam convidá-lo a entrar naquele mundo natural e descobrir os segredos que ele guardava.
À medida que se embrenhava por aquelas veredas, sentia uma energia diferente tomar conta do lugar, crescendo a cada passo e lhe dando uma sensação de calma e de conexão com a terra.
As tecas, imponentes e altivas, erguiam-se como guardiãs dos tesouros naturais do campo. Seus galhos estendidos ofereciam um abrigo seguro sob o qual Mateo caminhava, sentindo-se protegido e acolhido pela suave melodia do vento que acariciava seu rosto com suas correntes frescas, como se a própria natureza lhe estendesse a mão.
A floresta sussurrava segredos em seu ouvido enquanto ele caminhava entre árvores antigas que pareciam testemunhas mudas de sua tumultuada viagem interior. Cada folha que estalava sob seus pés era como um eco de suas próprias dúvidas, e os raios do sol poente, filtrando-se entre os galhos, criavam uma dança de luz e sombra que refletia a dualidade de seus sentimentos e revelava a complexidade de sua alma em conflito.
Depois de uma longa caminhada pelo campo, viu-se num lugar de sonho, que parecia saído de um mundo de fantasia, onde o encanto e a serenidade se abraçavam numa dança encantadora.
A beleza da paisagem, com suas cores vibrantes que se fundiam umas nas outras diante de seus olhos, era maravilhosa e formava quadros dignos de admiração.
Enquanto contemplava aquele lugar paradisíaco que não esperava encontrar em seu passeio improvisado, as lembranças de suas conquistas passadas voltaram mais uma vez à sua mente. Seus pensamentos viajaram até o dia em que se casou e prometeu à esposa um futuro cheio de conforto e felicidade; para cumprir essa promessa, havia iniciado uma árdua jornada em busca de sucesso e prosperidade.
Alguns anos depois, as adversidades pareceram conspirar para atrapalhar seu caminho, deixando-o desorientado e desanimado justamente quando estava conseguindo consolidar seus objetivos.
Seus pensamentos voltaram àqueles momentos de triunfo em que, com coragem, convenceu pessoas importantes a apoiá-lo para alcançar suas metas.
Lembrava como havia convencido um empresário que nunca tinha visto a lhe enviar mercadoria em consignação, conseguindo assim encher o armazém que tinha com o pai sem precisar investir capital nem dar qualquer garantia.
Teve lembranças vívidas do apoio que deu a um ente querido de recursos limitados, incentivando-o a montar um negócio próspero com nada mais que uma máquina de costura doméstica; e do dia em que, enfrentando dificuldades, melhorou sua situação ao trocar um objeto de pouco valor por uma ferramenta que lhe abriu as portas para seu primeiro empreendimento.
Depois, recordou momentos difíceis que o levaram a encerrar sociedades comerciais e a enfrentar traições e adversidades e, em consequência, dívidas inesperadas, ao descobrir que pessoas próximas, a quem estimava muito, faziam negócios pelas suas costas.
Também lembrava como, apesar da situação em que ficou, não se deixou abater. Com determinação e paixão, saiu para oferecer produtos que nem sequer tinha em estoque e, como resultado, fechou acordos comerciais com profissionais de destaque. Isso trouxe o ressurgimento do negócio, permitiu superar os obstáculos daquele momento e reerguer sua empresa.
No entanto, ele tinha consciência de que, apesar dessas lembranças cheias de batalhas vencidas e momentos de sucesso, agora as minimizava, dizendo a si mesmo:
“De que podem me servir na minha realidade de hoje, se não restou delas nenhum vestígio ou benefício que me ajude na minha situação atual?”
Sentia que, apesar de ter vencido aquelas batalhas, começava a perder a guerra da vida.
Mais uma vez, uma após a outra, surgiram perguntas sobre sua vida.
“O que tinha acontecido com ele?”
“Onde tinham ficado o ímpeto da juventude e a ambição de conquistar?”
“Por que havia deixado a vida passar sem obter aquilo a que tinha se proposto?”
“Como aqueles sucessos, que pareciam chegar com facilidade no passado, tinham se desvanecido com o tempo?”
“Como tinha chegado a perder a confiança e o sucesso que antes pareciam estar ao seu alcance?”
Mateo, antes um homem vibrante e enérgico que havia superado muitos desafios, alguns dos quais o levaram ao limite de sua resistência, agora sentia desorientação, desânimo e angústia. Sentia-se incapaz de encontrar um caminho claro que o ajudasse a superar as adversidades atuais e alcançar seus desejos mais profundos.
Refletia sobre como, a cada manhã, ficava mais difícil enfrentar suas adversidades. As lembranças do passado se misturavam a um presente desanimador, criando um coquetel de nostalgia e um forte desejo de recuperar a paixão que um dia o impulsionou rumo ao sucesso… Agora, mental, espiritual e financeiramente, sentia-se um fracassado.
Ainda sem as respostas certas, e apesar das preocupações atuais, suas conquistas passadas lhe lembravam que seu espírito lutador, embora enfraquecido, ainda vibrava dentro dele.
Enquanto continuava absorto em seus pensamentos, a cada olhar ao redor buscava respostas para seu desânimo e uma forma de reavivar a paixão pela vida que um dia o fez um vencedor.
Não conseguia evitar uma solidão que o invadia e o fazia duvidar de si mesmo e de suas capacidades. Perguntava-se se suas metas eram inalcançáveis, se algum dia encontraria a verdadeira satisfação ou se era melhor se conformar em não ter uma vida próspera e abundante.
Embora a noite começasse a envolver a paisagem com seu manto escuro, Mateo já tinha se acostumado ao lugar e não se preocupava com a solidão nem com seus possíveis riscos.
Mantinha a esperança de que, ao voltar para casa, entre o sono e o despertar da manhã, encontraria uma resposta para suas preocupações.
Com determinação, lembrou-se de um provérbio que a mãe lhe ensinara na juventude e que o acompanhara nos momentos de incerteza:
“Confia no Senhor de todo o teu coração e não te estribes no teu próprio entendimento. Reconhece-o em todos os teus caminhos, e ele endireitará as tuas veredas.”
Essas palavras ressoavam em sua mente, lembrando-lhe que, mesmo nos momentos mais escuros, sempre há uma luz no fim do túnel. No entanto, ele via essa luz como uma estrela distante no céu que, por algum motivo, não tinha efeito algum em sua vida naquele momento.
Estava tão concentrado nesse turbilhão de pensamentos, com o olhar fixo no espelho d’água do pequeno lago que deixava o lugar ainda mais belo, que não havia percebido que havia mais alguém ali.
Ao levantar os olhos e olhar ao redor, percebeu, a uns cento e cinquenta metros de distância, sob um salgueiro-chorão cujos galhos caídos o envolviam como uma aura, a figura de um homem mais velho, sentado numa cadeira dobrável, aproveitando tranquilamente seu tempo com uma vara de pescar.
Ao se aproximar do pescador, Mateo notou as feições marcantes do ancião: seu rosto enrugado transmitia uma serenidade e uma sabedoria que o deixaram intrigado, e sua barba branca, meticulosamente aparada, e seus cabelos prateados com ondas suaves lhe davam um ar cuidado e distinto, como se ele fosse um guardião dos segredos da floresta.
— Meu nome é Mateo — disse o mais jovem, tentando quebrar o silêncio ao redor enquanto observava o ancião com curiosidade.
— Plutarco. Prazer em conhecê-lo, Mateo — respondeu o ancião, com um sorriso caloroso que irradiava sabedoria.
— Você sabia que o seu nome significa “presente de Deus”? — acrescentou, deixando as palavras flutuarem no ar, como se insinuasse algo mais profundo. Surpreso, mas intrigado com a reflexão, Mateo esboçou um sorriso e disse:
— Eu sabia, mas nunca pensei no que isso realmente significa… Acho que ainda estou procurando o que devo entregar ao mundo.
Suas palavras eram sinceras, quase uma confissão, enquanto seus olhos buscavam nos do interlocutor alguma resposta que o tempo lhe havia negado.
Mateo ficou impressionado com a profundidade e o azul intenso dos olhos de Plutarco, que pareciam refletir o próprio céu e uma serenidade admirável.
— Por que você está pescando tão tarde e num lugar tão afastado? O normal é pescar ao amanhecer — disse Mateo, curioso.
Com um calor que tocou a alma de Mateo, Plutarco assentiu com a cabeça e compartilhou o porquê de sua escolha.
— Este lugar pode parecer solitário para você, mas para mim está cheio de vida e de maravilhas.
— Você já reparou nas maravilhas ao nosso redor? Peixes que dançam na água, pássaros que cantam suas melodias, esquilos que pulam entre as árvores… cada criatura tem sua história e seu lar neste paraíso natural.
Mateo ouviu com atenção enquanto o ancião falava de seu amor pela natureza e explicava por que preferia pescar nas últimas horas do dia. As palavras do pescador do entardecer ecoaram em seu coração, reavivando, com uma intensidade havia muito esquecida, sua conexão com o mundo natural.
Enquanto isso, a escuridão tomava conta da paisagem, mas isso não os preocupava: tinham perdido a noção da hora e aproveitavam a conversa agradável. Continuaram conversando, tão envolvidos que praticamente esqueceram a passagem do tempo.
Até que, em certo momento, Plutarco perguntou:
— Mateo, você mora aqui perto? Nunca o tinha visto por estas bandas.
— Não, moro na cidade e estou só de passagem — respondeu ele.
Olhando por um instante para o céu, o ancião previu a chegada da tempestade e, em tom gentil, estendeu-lhe a mão, convidando-o a se abrigar em sua casa, ao menos naquela noite ou até o mau tempo passar.
Apesar da sensatez do convite, Mateo foi tomado por um turbilhão de dúvidas. Os golpes da vida haviam forjado nele uma desconfiança profunda, quase instintiva, em relação a todos, e a sinceridade de Plutarco lhe parecia boa demais para ser verdade.
Não encontrava razão para que um estranho, que acabara de conhecê-lo, o convidasse para dormir em sua casa, mesmo havendo um motivo tão válido quanto a tempestade que se aproximava.
Por fim, diante da insistência, dos argumentos e da atitude serena do novo amigo, venceu as dúvidas e aceitou a oferta com gratidão. Pensando bem, ela lhe pareceu cheia de franqueza e generosidade, e ele reconheceu que seria muito mais do que um abrigo contra a tempestade daquela noite: o gesto do ancião seria para ele um lembrete vivo de que a bondade e a generosidade ainda florescem no mundo.
Como se lesse os pensamentos do visitante, Plutarco lhe disse:
— Não hesite. Às vezes, na vida, é essencial ceder com humildade às decisões do coração e aceitar ajuda e apoio nos momentos de necessidade, como o abrigo provisório que nos oferecem para recuperarmos as forças antes de seguir nosso caminho.
Essas palavras marcantes e o olhar penetrante de Plutarco despertaram sua curiosidade e seu fascínio pelo ancião.
Agradecido, e com um pouco mais de confiança, levantou-se da grama onde tinha se sentado e ajudou o ancião a recolher o equipamento de pesca.
Juntos, seguiram em direção à casa de Plutarco por uma trilha que se embrenhava na escuridão da noite. A orientação e a hospitalidade do ancião o reconfortavam enquanto caminhavam.
Mal tinham andado cem metros quando algo desconcertante chamou sua atenção: a luz da lua pousava sobre uma pequena escada de pedra no meio da trilha, que dava passagem a um largo caminho de paralelepípedos, iluminado de leve por lâmpadas solares.
Ficou espantado ao ver algo assim no meio do campo, mas decidiu não comentar nada.
Avançaram juntos pelo caminho por mais quinhentos metros, até chegar a uma curva. Ali, Mateo não conseguiu conter o espanto ao se ver diante de uma das mansões mais imponentes que já tinha visto.
A fachada era um verdadeiro deleite para os olhos.
— Uau, que residência linda! — exclamou, impressionado com a magnificência da casa.
A beleza do lugar o deixou sem palavras e, por um instante, todas as suas preocupações desapareceram enquanto contemplava a imponente residência de Plutarco.
Perguntava-se o que fazia tanta beleza arquitetônica no meio do campo, cercada de árvores e sem vizinhos aparentes por perto.
Colunas majestosamente esculpidas ladeavam a entrada principal, irradiando uma sensação de grandeza e sofisticação que cativava a imaginação de Mateo.
Também lhe chamou a atenção, no centro da fachada, uma fonte com a figura esculpida de uma Vênus emergindo da água; ela dava à casa um toque de beleza, suntuosidade e elegância e, ao mesmo tempo, trazia ao ambiente uma sensação de paz e frescor.
Os jardins ao redor, com o gramado aparado com esmero e as plantas multicoloridas, acompanhadas de paredes naturais de pequenos ciprestes podados com precisão em formas variadas, eram uma explosão de cor e de vida.
A atenção meticulosa aos detalhes se percebia em cada canto; também se via nas janelas amplas e luminosas, emolduradas por molduras finamente trabalhadas que realçavam a arquitetura da casa.
Além da imponente mansão, pôde observar duas casas menores, uma de cada lado da principal; embora menores, mantinham o mesmo nível de luxo e elegância, completando o quadro de opulência.
Em dúvida, então, sobre o papel de seu anfitrião naquele cenário, perguntou-se: “Qual dessas duas casinhas será a casa do ancião?”
Seu espanto aumentou quando duas pessoas se aproximaram, cumprimentaram-nos com cortesia e logo se ofereceram para ajudar a carregar o equipamento de pesca.
Uma delas disse ao anfitrião:
— Boa noite, senhor… seja bem-vindo. A água da jacuzzi está pronta, e o jantar também; podemos servi-lo quando o senhor desejar.
— Muito obrigado, Miguel — respondeu Plutarco.
— Quero apresentar a vocês o meu acompanhante, Mateo. Por favor, preparem o quarto de hóspedes e coloquem mais um prato na mesa do jantar; eu o convidei para passar a noite conosco.
— Mateo, este é Miguel, meu jardineiro, e esta é Elisa, nossa governanta, que mantém toda a casa em perfeita ordem — continuou Plutarco, enquanto o jovem lhes estendia a mão num cumprimento cordial.
— Muito prazer, Miguel… muito prazer, Elisa — respondeu Mateo.
A situação o divertiu e o desconcertou ao mesmo tempo; não estava acostumado a tanta formalidade e solenidade num simples cumprimento.
Depois das apresentações com os funcionários de Plutarco, continuou admirando a bela mansão que o havia deslumbrado.
A cena diante de seus olhos era como um sonho realizado; mal podia acreditar na opulência e no luxo que cercavam o ancião.
Mesmo assim, no meio daquela demonstração de riqueza, sentiu também uma hospitalidade calorosa, simples e sincera vinda daqueles que lhe davam as boas-vindas.
Ao chegarem à casa, antes de começar a visita, Plutarco lhe pediu a chave do carro para que Marco, o motorista, junto com Antonio, o segurança, o trouxessem até a garagem da casa, depois de saberem onde ele o havia deixado antes de sua caminhada pelo campo. Dadas as instruções, Elisa o convidou a conhecer a casa e o acompanhou pessoalmente.
Enquanto o convidado começava a visita, o ancião deu algumas instruções ao restante dos funcionários e foi ao seu quarto trocar de roupa para o jantar.
Ao fim da visita, Mateo ficou maravilhado com a distinção e o estilo presentes em cada canto. Em seguida, foi levado ao seu quarto naquela majestosa mansão; quando Elisa abriu a porta, revelou-se um espaço aconchegante e elegante.
O quarto era decorado com móveis de madeira finamente entalhados e uma cama king-size coberta com lençóis de seda macios, enquanto a luz suave das luminárias douradas criava um ambiente acolhedor e relaxante.
Depois, sozinho, decidiu aproveitar um momento relaxante no chuveiro. O banheiro era um verdadeiro oásis de tranquilidade, com azulejos brilhantes e uma ducha em forma de cascata serpenteante da qual jorrava água morna; jatos saíam ao mesmo tempo das paredes, massageando seu corpo com uma agradável carícia líquida.
Enquanto a água caía sobre seu corpo, sentiu as preocupações e tensões se dissolverem, abrindo espaço para a paz e a serenidade.
Ao terminar aquele delicioso banho quente, vieram-lhe à mente as palavras de Terry Pratchett, que enfrentou vários desafios, incluindo uma luta contra o Alzheimer, e que, apesar disso, sempre dizia:
“Depois de um bom banho quente, a gente consegue esquecer até a guerra.”
De volta ao quarto, encontrou um conjunto de roupas recém-lavadas e passadas sobre a cômoda: peças de alta qualidade e elegantes que, embora simples, eram perfeitas para a ocasião.
Vestiu-se rapidamente, grato pelo gesto generoso do ancião, que lhe oferecia não apenas abrigo, mas também conforto.
Assim que terminou de se vestir, apressou-se para encontrar o anfitrião, que já estava na sala de jantar dando instruções aos funcionários.
A mesa, arrumada com capricho, exibia uma louça fina e candelabros reluzentes; durante aquele banquete, o ar se impregnou de um aroma delicioso que anunciava um jantar requintado.
Enquanto saboreavam aquele delicioso banquete, uma sensação de cordialidade os envolvia entre uma garfada e outra. Em certo momento da refeição, porém, Mateo, mergulhado em seus pensamentos, ficou em silêncio por um instante, perdido em reflexões profundas. Seu anfitrião, com um olhar sereno e reconfortante, decidiu abordar o assunto com tato.
— O que o trouxe a este canto tranquilo do campo? — perguntou, notando as nuvens escuras que pareciam encher a mente de Mateo e se refletir em seu rosto.
— Se você achar que posso ajudá-lo com algum conselho humilde, pode confiar que serei sincero e que talvez minha opinião também seja útil para resolver o que o aflige.
Sem entender bem por quê, Mateo sentia uma convicção cada vez mais forte de que aquele velho sábio poderia lhe oferecer os conselhos e a sabedoria necessários para encontrar remédio para suas preocupações e colocá-lo no caminho do sucesso.
Mas não parava de se perguntar: “Que força misteriosa o levara a encontrar um homem tão simples, apesar de todo o luxo e a opulência ao seu redor?” Ao fazê-lo, uma faísca de entendimento iluminou sua mente e o fez perceber que aquele encontro não era simples obra do acaso.
Confiando em seus instintos, decidiu abrir o coração e compartilhar suas preocupações com o ancião, movido apenas por uma faísca de esperança. Mesmo assim, envolto num emaranhado de dúvidas, uma pergunta persistia em sua cabeça:
“Será só uma ilusão, ou é o meu desespero que me faz ver Plutarco como uma tábua de salvação no mar de desolação que é a minha vida?”