Poco a poco, le relató su historia: la búsqueda de un propósito, su anhelo por triunfar en la vida y las dificultades que lo habían llevado a sentir pesimismo y frustración.
Finalmente, le explicó cómo había llegado esa noche al lugar donde se encontraron y la gratitud que sentía por haber tenido la oportunidad de conocerlo y poder disfrutar de su conversación y compañía.
Aquella noche, en medio de la cena exquisita descubrió el poder de compartir sus preocupaciones y confiar en alguien dispuesto a escuchar sus vicisitudes y angustias.
Las palabras fluían sin reservas cuando comentaba de sus luchas internas, frustraciones y sueños; mientras tanto, el anciano lo escuchaba atentamente, instándole a continuar con cada palabra de aliento.
Cuando terminó de vaciar su angustia, sintió un alivio inmenso al sacar a la luz sus cargas emocionales; al mismo tiempo, percibía que con el paso de los minutos la conexión entre ellos se fortalecía.
Mientras se desahogaba al conversar sobre su vida, en su interior reflexionaba:
«Espero a través de esta conversación y los consejos de Plutarco, pueda encontrar algunas respuestas a los interrogantes sobre mi vida y mis preocupaciones y por supuesto, las instrucciones para volver a casa».
Mateo, en ese momento crucial de la conversación, compartió con sinceridad la frustración que le embargaba, se encontraba en la encrucijada de su vida, donde sus esfuerzos por avanzar parecían desvanecerse ante sus ojos, desesperado por encontrar respuestas; cada palabra que compartía con el anciano era un paso hacia la luz que tanto anhelaba
Mencionó el doloroso revés que experimentó al intentar lanzar un producto al mercado, solo para ver cómo el equipo de ventas no solo fallaba en generar ingresos; sino, que se llevaron consigo el producto destinado a la venta dejándolo sin capital para continuar.
Expresó su inquietud por los desafíos adicionales que tuvo que enfrentar, cuando quiso reiniciar en su otro emprendimiento; a pesar de su ferviente deseo de revitalizar su empresa, Mateo sentía, que se hallaba ante obstáculos significativos.
Los rápidos avances tecnológicos en el ámbito industrial y los constantes cambios en las leyes tributarias no solo afectaban directamente los procesos de fabricación de sus productos, sino que también lo excluían del mercado, forzándolo a aprender y adaptarse a nuevos sistemas de industrialización para mantenerse competitivo.
Esta necesidad de actualización constante ralentizaba su nuevo despegue empresarial, añadiendo una capa adicional de complejidad a sus esfuerzos por mantenerse relevante en su sector, lo que hacía aún más desafiante su meta de consolidar su negocio.
Con los ojos enrojecidos por las lágrimas, que no había podido contener, no pudo evitar confesar su más profundo anhelo: proporcionar a su familia, un hogar lleno de comodidades y felicidad, un sueño, que parecía desvanecerse ante sus ojos.
La confusión lo invadía, sintiéndose perdido en un mar tormentoso, donde las olas de sus malas decisiones habían arrastrado todo lo que amaba: su hogar, su sustento y hasta a sus seres más queridos, contra los acantilados de la vida.
Le confesó al anciano, que sentía que se hundía cada vez más en ese mar embravecido de frustraciones y desencantos.
La culpa lo atormentaba, mientras recordaba, que dos de sus cuatro hijos, forzados por las circunstancias habían partido en busca de un futuro más prometedor en tierras extranjeras, separándolos durante mucho tiempo del calor familiar.
Observando con empatía, la mezcla de emociones, en el rostro de su invitado, el anciano comprendió la lucha interna que enfrentaba.
Ese momento de vulnerabilidad, fue el que permitió se abra un espacio para la conexión y el entendimiento mutuo.
En la quietud de la noche, Mateo se enfrentaba a sus propios temores; cada suspiro era un eco de sus miedos y anhelos, como si el universo entero estuviera esperando su respuesta al enigma de su existencia.
En el reflejo de las estrellas en el agua de la pileta, que se observaba desde el comedor, la inesperada conversación con aquel enigmático y educado anciano encontró el coraje para confrontar su pasado y pensar en vislumbrar, poder abrazar un futuro con una nueva claridad, descubriendo que, el primer paso para afrontar los problemas, salir adelante y tener una verdadera redención yace en el perdón hacia uno mismo
Cada palabra del anciano, resonaba como un faro de esperanza en medio de sus tormentas internas
Lleno de emotividad, sinceridad y empatía, el anciano, decidió compartir con su invitado el compendio de conocimientos que había acumulado a lo largo de los años sobre crecimiento económico y desarrollo personal, con mucha generosidad.
Era un gesto de apoyo y deseo genuino de ayudar, una luz de esperanza que quiso conceder y brindarle en medio de la oscuridad que envolvía a su invitado.
Continuando la conversación, el anciano, al escuchar a su invitado, hablar sobre el fracaso y el éxito, comenzó a compartir algunos sabios consejos, que formaban parte de su vasta experiencia.
Le explicó que el éxito no es un destino fijo; sino más bien, el proceso de lograr metas, significativas y personales, en la vida.
Además, invito a su huésped a reflexionar sobre la importancia de esa idea en su vida.
Inclusive, le citó las palabras de Earl Nightingale:
“Éxito, Es la realización progresiva de un ideal digno”.
—¿Crees, que esta idea, es importante? — preguntó con interés, mientras, buscaba el contacto visual con su invitado.
La pregunta, al resonar en el aire, lo sacó de su mar de quejas y zozobras, tomó consciencia de la profundidad de las palabras del anciano y respondiendo con cautela, dijo:
—Según entiendo, significa que alcanzo el éxito cuando trabajo constantemente para cumplir mis propios ideales y metas. —
El anciano asintió con satisfacción, a la vez, reforzando la idea, de que, el éxito tiene diferentes significados para cada persona y que, si vivimos comparándonos con otros, ello solo nos conduce a lograr insatisfacción; luego expresó:
—No compares tu éxito con el de los demás; solo, concéntrate en tus propios objetivos y metas; en cambio, con lo único que debes comparar tus logros, es contra tus propios objetivos y ver si los resultados, van acorde con lo que inicialmente te habías planteado; ese es, el único termómetro válido. —
—Tampoco, consientas que nadie se enseñoree sobre ti, permitiendo que te juzguen o te hagan sentir mal, si por cualquier circunstancia no logras alcanzar tus metas o lo que los demás consideran debe ser tu éxito, en el tiempo y circunstancia que ellos piensan debieron ocurrir. — intervino el anciano con firmeza.
Luego, alentó a Mateo, a enfocarse en sus propios sueños y aspiraciones, recordándole, las sabias palabras, de George Eliot:
“Nunca, es demasiado tarde, para ser lo que podrías haber sido”.
Este mensaje fue como un bálsamo en los momentos que estaba viviendo, lo llenó de esperanza y despertó su fuerza interior; era una clara invitación a perseverar sin importar los desafíos que tuviere que enfrentar.
Con cada palabra de su anfitrión resonando en su corazón, se sentía revitalizado, listo para enfrentar cada desafío con renovada determinación… era como si un puente hacia el éxito se estuviera construyendo ante sus ojos.
Tras la deliciosa y reconfortante cena, se levantaron de la mesa y se dirigieron a la sala, donde amplios y confortables sillones los esperaban para brindarles un acogedor descanso. `
Sentados alrededor de la mesa de centro, donde reposaban dos tazas de café humeante y un plato de bocaditos exquisitos, continuaron compartiendo sus pensamientos y reflexiones, en un ambiente de confianza y camaradería.
Después de una larga tertulia, el anciano sugirió que era momento de retirarse y descansar; pero, no sin antes hacerle la promesa, de que, al día siguiente le revelaría una sorpresa que podría transformar positivamente y en gran manera su vida y de lo cual hablarían durante y después del desayuno del siguiente día.
Con estas palabras alentadoras, el dueño de la casa dejó a su invitado con la tarea de reflexionar sobre todo lo conversado; y la emoción anticipada por la expectativa de lo que el nuevo día le depararía.
Mateo, anhelaba con ansias que la noche pasara ligera y pudiera conocer el o los secretos que su anfitrión le iba a revelar.
A la mañana siguiente, se despertó con un entusiasmo inusual en los últimos meses y notó, al ponerse frente al espejo, un gran cambio en su semblante; no estaba seguro, si se debía, al buen descanso en la confortable cama o a las palabras reconfortantes de Plutarco, la noche anterior; pero, ahora podía observar reflejada en su mirada, una mezcla de expectativa y determinación; mientras, recordaba la prometida sorpresa.
Después de un desayuno copioso, repleto de frutas frescas y jugos naturales, regresaron a la acogedora sala para continuar su conversación.
No podía evitar sentirse ansioso, por descubrir, qué más tenía preparado su anfitrión y a medida que transcurría la mañana su ansiedad iba en aumento, minuto a minuto.
Luego de una charla amena, Plutarco, levantándose con determinación, se dirigió al elegante estudio de la casa; entretanto él, se quedaba aguardando en la sala con la curiosidad palpable en su mirada expectante, por descubrir qué secretos ocultaba su anfitrión.
El aroma exquisito del café, que Plutarco, le había ofrecido, llenaba la habitación; mientras, esperaba pacientemente; los minutos parecían eternos, hasta que finalmente Plutarco, volvió a la sala llevando un cofre en sus manos; este cofre parecía tener algo especial, algo misterioso y profundo.
Al ver el cofre, Mateo supuso que sería un gran tesoro, el que le quería obsequiar el anciano; pero nunca imaginó la magnitud de la riqueza, que iba a recibir, cuyo real valor, lo iba a poder aquilatar en su verdadera dimensión en el devenir de los siguientes meses, durante el proceso que tenía que pasar para obtenerla y poder disfrutarla junto a su familia.
Sus pensamientos se desvanecieron en cuanto el anciano, empezó a hablar:
—Sabes Mateo, ha llegado el momento, de revelarte el secreto que guardo con tanto celo. — anunció Plutarco solemnemente, depositando el cofre sobre la mesa con cuidado.
—Dentro de este cofre yace una fortuna invaluable; tesoros que cambiarán el rumbo de tu vida para siempre. —
—Te voy a entregar algo, que he guardado celosamente y que en su momento pensé compartir de manera reservada y exclusiva, con mis hijos. —
—Pero con cada uno de ellos, a lo largo de los años, Dios me permitió el privilegio. de no ser solo su padre; sino, de compartirles estas piedras de riqueza que son invaluables y disfrutar el privilegio de mentorizarlos; desde que eran pequeños, he tenido conversaciones y oportunidades en las que pude compartirles mis conocimientos. —
—Ahora, he decidido compartir contigo, cada joya que guardo con mucho celo en este cofre, mi mayor tesoro. —
—Estas gemas permiten que cualquiera que aprecie su verdadero valor y sepa aprovecharlas, pueda tener una existencia abundante y de bienestar en todas las áreas de su vida. — dijo Plutarco, con un brillo de orgullo en sus ojos.
Mateo, se encontraba completamente absorbido por las palabras de Plutarco, sus ojos brillaban con emoción, ante la real perspectiva de reconstruir su camino hacia el éxito; ansiaba con vehemencia ser poseedor de tales grandes riquezas, era lo que andaba buscando hace mucho tiempo, las respuestas a tantas interrogantes sobre su vida de equivocaciones y malos resultados.
La atmósfera, estaba cargada de expectativa; al mismo tiempo, aguardaba ansioso contando los segundos para el momento, en que se diera la revelación de los tesoros que su anfitrión guardaba en el cofre.
Entonces, el anciano, con solemnidad hizo una declaración, que resonó profundamente en el corazón de Mateo:
—Lo que guardo en este cofre no son piezas de oro o diamantes; espero no te decepciones; sin embargo, con lo que contiene, podrás adquirir los lingotes que anheles obtener y disfrutar de una vida llena de bendiciones.
—Además, quisiera convertirme en tu mentor, si tú aceptas y estás dispuesto a seguir mis consejos aplicando las lecciones que te impartiré, prometo guiarte a través de lo que llamo: la “Sabiduría Ginosko”, la cual, es una guía para cambiar tus errores en nuevas oportunidades. —
Little by little, he told him his story: his search for purpose, his longing to succeed in life, and the difficulties that had left him feeling pessimistic and frustrated.
Finally, he explained how he had come that night to the place where they met, and how grateful he was for the chance to meet him and enjoy his conversation and company.
That night, over an exquisite dinner, he discovered the power of sharing his worries and trusting someone willing to listen to his trials and his anguish.
The words flowed freely as he spoke of his inner struggles, frustrations and dreams, while the old man listened closely, encouraging him to go on with every word.
When he had finished pouring out his distress, he felt immense relief at having brought his emotional burdens into the light; at the same time, he sensed that, minute by minute, the bond between them was growing stronger.
As he unburdened himself by talking about his life, he thought to himself:
“I hope that through this conversation and Plutarco’s advice I can find some answers to the questions about my life and my worries… and, of course, directions to get back home.”
At that crucial point in the conversation, Mateo sincerely shared the frustration that overwhelmed him. He was at a crossroads in his life, where his efforts to move forward seemed to vanish before his eyes, and he was desperate for answers; every word he shared with the old man was a step toward the light he longed for.
He spoke of the painful setback he had suffered when he tried to launch a product, only to watch the sales team not only fail to bring in any income but also walk away with the very goods meant for sale, leaving him without capital to carry on.
He expressed his concern about the additional challenges he faced when he tried to restart his other business. Despite his fervent desire to revive his company, Mateo felt he was up against significant obstacles.
Rapid technological advances in industry and constant changes in tax laws not only directly affected the manufacturing of his products but also pushed him out of the market, forcing him to learn and adapt to new production systems in order to stay competitive.
This need for constant updating slowed down his new business takeoff, adding another layer of complexity to his efforts to remain relevant in his field and making his goal of consolidating his business even more challenging.
His eyes red from tears he had not been able to hold back, he could not help confessing his deepest wish: to give his family a home full of comfort and happiness, a dream that seemed to be fading before his eyes.
Confusion overwhelmed him. He felt lost in a stormy sea, where the waves of his bad decisions had swept everything he loved, his home, his livelihood and even his dearest ones, against the cliffs of life.
He confessed to the old man that he felt he was sinking deeper and deeper into that raging sea of frustration and disappointment.
Guilt tormented him as he remembered that two of his four children, forced by circumstances, had left in search of a more promising future in foreign lands, separated for a long time from the warmth of the family.
Watching with empathy the mix of emotions on his guest’s face, the old man understood the inner struggle he was facing.
That moment of vulnerability was what opened a space for connection and mutual understanding.
In the stillness of the night, Mateo faced his own fears; every sigh was an echo of his fears and hopes, as if the whole universe were waiting for his answer to the riddle of his existence.
In the reflection of the stars on the water of the pool, visible from the dining room, and in his unexpected conversation with that enigmatic and courteous old man, he found the courage to confront his past and to begin to glimpse a future he could embrace with new clarity. He discovered that the first step to facing problems, moving forward and finding true redemption lies in forgiving oneself.
Every word the old man spoke resonated like a beacon of hope amid his inner storms.
Full of emotion, sincerity and empathy, the old man generously decided to share with his guest the knowledge he had gathered over the years about financial growth and personal development.
It was a gesture of support and a genuine wish to help, a light of hope he wanted to offer amid the darkness that surrounded his guest.
As the conversation went on, the old man, hearing his guest talk about failure and success, began to share some wise advice drawn from his vast experience.
He explained that success is not a fixed destination but rather the process of achieving meaningful, personal goals in life.
He also invited his guest to reflect on the importance of that idea in his own life.
He even quoted the words of Earl Nightingale:
“Success is the progressive realization of a worthy ideal.”
“Do you think this idea is important?” he asked with interest, seeking his guest’s eyes.
The question, hanging in the air, pulled him out of his sea of complaints and anxieties. He became aware of the depth of the old man’s words and answered cautiously:
“As I understand it, it means I achieve success when I work steadily to fulfill my own ideals and goals.”
The old man nodded with satisfaction, reinforcing the idea that success means something different to each person, and that if we live comparing ourselves with others, it only leads to dissatisfaction. Then he said:
“Don’t compare your success with anyone else’s; focus only on your own aims and goals. The only thing you should measure your achievements against is your own objectives, and see whether the results match what you set out to do at the beginning. That is the only valid thermometer.”
“And don’t let anyone lord it over you, judging you or making you feel bad if, for whatever reason, you don’t reach your goals, or what others think your success should be, in the time and circumstances they believe it should have happened,” the old man added firmly.
Then he encouraged Mateo to focus on his own dreams and aspirations, reminding him of George Eliot’s wise words:
“It is never too late to be what you might have been.”
That message was like a balm in the moments he was living through. It filled him with hope and awakened his inner strength; it was a clear invitation to persevere, no matter what challenges he had to face.
With every word from his host resonating in his heart, he felt revitalized and ready to face each challenge with renewed determination… it was as if a bridge to success were being built before his eyes.
After the delicious and comforting dinner, they rose from the table and went to the living room, where large, comfortable armchairs awaited them for a cozy rest.
Seated around the coffee table, where two cups of steaming coffee and a plate of exquisite snacks were waiting, they went on sharing their thoughts and reflections in an atmosphere of trust and camaraderie.
After a long conversation, the old man suggested it was time to retire and rest, but not before promising that the next day he would reveal a surprise that could transform his life greatly and for the better, something they would talk about during and after the next morning’s breakfast.
With these encouraging words, the master of the house left his guest with the task of reflecting on everything they had discussed, and with the excitement of wondering what the new day would bring.
Mateo longed for the night to pass quickly so he could learn the secret, or secrets, his host was going to reveal.
The next morning he woke up with an enthusiasm he had not felt in months, and when he stood before the mirror he noticed a great change in his face. He was not sure whether it was due to the good rest in that comfortable bed or to Plutarco’s comforting words the night before, but now he could see a mixture of expectation and determination in his eyes as he remembered the promised surprise.
After a hearty breakfast full of fresh fruit and natural juices, they returned to the cozy living room to continue their conversation.
He could not help feeling eager to discover what else his host had in store, and as the morning went on his anxiety grew minute by minute.
After a pleasant chat, Plutarco rose with determination and headed to the elegant study of the house, while Mateo waited in the living room, his curiosity plain in his expectant gaze, wondering what secrets his host was hiding.
The exquisite aroma of the coffee Plutarco had offered him filled the room as he waited patiently. The minutes seemed endless until Plutarco finally returned to the living room carrying a chest in his hands; there seemed to be something special about it, something mysterious and profound.
When he saw the chest, Mateo assumed the old man wanted to give him some great treasure, but he never imagined the magnitude of the wealth he was about to receive. He would only come to appreciate its true value over the following months, through the process he had to go through to obtain it and enjoy it with his family.
His thoughts faded as soon as the old man began to speak:
“You know, Mateo, the time has come to reveal to you the secret I have guarded so jealously,” Plutarco announced solemnly, placing the chest carefully on the table.
“Inside this chest lies a priceless fortune: treasures that will change the course of your life forever.”
“I am going to give you something I have guarded closely, something I once thought I would share privately and only with my children.”
“But over the years, with each of them, God granted me the privilege not only of being their father but also of sharing these priceless gems of wealth with them and of mentoring them. Since they were little, I have had conversations and opportunities to share my knowledge with them.”
“Now I have decided to share with you every jewel I keep so carefully in this chest, my greatest treasure.”
“These gems allow anyone who appreciates their true value and knows how to use them to live an abundant life, with well-being in every area,” said Plutarco, with a gleam of pride in his eyes.
Mateo was completely absorbed by Plutarco’s words. His eyes shone with emotion at the real prospect of rebuilding his path to success; he longed intensely to possess such great riches. It was what he had been searching for for so long: the answers to so many questions about a life of mistakes and poor results.
The atmosphere was charged with expectation, and he waited eagerly, counting the seconds until the treasures his host kept in the chest would be revealed.
Then the old man solemnly made a statement that resonated deeply in Mateo’s heart:
“What I keep in this chest is not gold or diamonds. I hope you won’t be disappointed; yet with what it contains you will be able to acquire all the gold bars you wish for and enjoy a life full of blessings.
“Furthermore, I would like to become your mentor. If you accept and are willing to follow my advice and apply the lessons I will teach you, I promise to guide you through what I call ‘Ginosko Wisdom’: a guide to turning your mistakes into new opportunities.”
Peu à peu, il lui raconta son histoire : sa quête d’un sens, son désir de réussir dans la vie et les difficultés qui l’avaient conduit au pessimisme et à la frustration.
Enfin, il lui expliqua comment il était arrivé ce soir-là à l’endroit où ils s’étaient rencontrés, et combien il était reconnaissant d’avoir eu l’occasion de le connaître et de profiter de sa conversation et de sa compagnie.
Ce soir-là, au cours d’un dîner exquis, il découvrit le pouvoir de partager ses soucis et de faire confiance à quelqu’un prêt à écouter ses épreuves et ses angoisses.
Les mots coulaient sans retenue tandis qu’il parlait de ses luttes intérieures, de ses frustrations et de ses rêves ; pendant ce temps, le vieil homme l’écoutait attentivement et l’encourageait à continuer à chaque parole.
Quand il eut fini de déverser son angoisse, il ressentit un immense soulagement d’avoir mis au jour ses fardeaux émotionnels ; en même temps, il sentait que, minute après minute, le lien entre eux se renforçait.
Tandis qu’il se libérait en parlant de sa vie, il se disait intérieurement :
« J’espère que grâce à cette conversation et aux conseils de Plutarco, je pourrai trouver quelques réponses aux questions sur ma vie et mes soucis… et bien sûr, le chemin pour rentrer chez moi. »
À ce moment crucial de la conversation, Mateo confia sincèrement la frustration qui l’envahissait. Il se trouvait à la croisée des chemins, là où ses efforts pour avancer semblaient s’évanouir sous ses yeux, et il cherchait désespérément des réponses ; chaque mot partagé avec le vieil homme était un pas vers la lumière qu’il désirait tant.
Il évoqua le douloureux revers qu’il avait subi en voulant lancer un produit sur le marché : non seulement l’équipe commerciale n’avait rapporté aucun revenu, mais elle était partie avec la marchandise destinée à la vente, le laissant sans capital pour continuer.
Il fit part de son inquiétude face aux difficultés supplémentaires rencontrées lorsqu’il voulut relancer son autre entreprise. Malgré son désir ardent de la revitaliser, Mateo sentait qu’il se heurtait à des obstacles importants.
Les progrès technologiques rapides dans l’industrie et les changements constants de la législation fiscale affectaient directement la fabrication de ses produits et l’écartaient du marché, l’obligeant à apprendre et à s’adapter à de nouveaux systèmes de production pour rester compétitif.
Ce besoin de mise à jour permanente ralentissait son nouvel essor, ajoutait une couche de complexité à ses efforts pour rester pertinent dans son secteur et rendait encore plus difficile son objectif de consolider son entreprise.
Les yeux rougis par des larmes qu’il n’avait pu retenir, il ne put s’empêcher d’avouer son désir le plus profond : offrir à sa famille un foyer plein de confort et de bonheur, un rêve qui semblait s’évanouir sous ses yeux.
La confusion l’envahissait ; il se sentait perdu dans une mer déchaînée, où les vagues de ses mauvaises décisions avaient emporté tout ce qu’il aimait — son foyer, son gagne-pain et même ses êtres les plus chers — contre les falaises de la vie.
Il confia au vieil homme qu’il avait l’impression de sombrer toujours plus dans cette mer agitée de frustrations et de désillusions.
La culpabilité le tourmentait lorsqu’il se rappelait que deux de ses quatre enfants, contraints par les circonstances, étaient partis chercher un avenir plus prometteur à l’étranger, privés pour longtemps de la chaleur familiale.
Observant avec empathie le mélange d’émotions sur le visage de son invité, le vieil homme comprit la lutte intérieure qu’il affrontait.
Ce moment de vulnérabilité ouvrit un espace de lien et de compréhension mutuelle.
Dans le calme de la nuit, Mateo affrontait ses propres peurs ; chaque soupir était l’écho de ses craintes et de ses désirs, comme si l’univers tout entier attendait sa réponse à l’énigme de son existence.
Dans le reflet des étoiles sur l’eau de la piscine, visible depuis la salle à manger, et dans cette conversation inattendue avec ce vieil homme énigmatique et courtois, il trouva le courage d’affronter son passé et de commencer à entrevoir un avenir qu’il pourrait embrasser avec une clarté nouvelle. Il découvrit que le premier pas pour affronter les problèmes, aller de l’avant et connaître une véritable rédemption réside dans le pardon envers soi-même.
Chaque parole du vieil homme résonnait comme un phare d’espoir au milieu de ses tempêtes intérieures.
Plein d’émotion, de sincérité et d’empathie, le vieil homme décida, avec une grande générosité, de partager avec son invité l’ensemble des connaissances qu’il avait accumulées au fil des années sur la croissance économique et le développement personnel.
C’était un geste de soutien et un désir sincère d’aider, une lumière d’espoir qu’il voulait offrir au milieu de l’obscurité qui enveloppait son invité.
Poursuivant la conversation, le vieil homme, en entendant son invité parler d’échec et de réussite, commença à partager quelques sages conseils tirés de sa vaste expérience.
Il lui expliqua que la réussite n’est pas une destination fixe, mais plutôt le processus qui consiste à atteindre des objectifs personnels et porteurs de sens dans la vie.
Il invita aussi son hôte à réfléchir à l’importance de cette idée dans sa propre vie.
Il lui cita même les mots d’Earl Nightingale :
« La réussite, c’est la réalisation progressive d’un idéal qui en vaut la peine. »
— Penses-tu que cette idée est importante ? demanda-t-il avec intérêt, en cherchant le regard de son invité.
La question, qui résonnait dans l’air, le tira de sa mer de plaintes et d’angoisses ; il prit conscience de la profondeur des paroles du vieil homme et répondit avec prudence :
— Si je comprends bien, cela veut dire que j’atteins la réussite quand je travaille avec constance à réaliser mes propres idéaux et mes propres objectifs.
Le vieil homme acquiesça avec satisfaction, tout en soulignant que la réussite a un sens différent pour chacun, et que vivre en se comparant aux autres ne mène qu’à l’insatisfaction. Puis il ajouta :
— Ne compare pas ta réussite à celle des autres ; concentre-toi seulement sur tes propres objectifs. La seule chose à laquelle tu dois comparer tes résultats, ce sont tes propres buts, pour voir s’ils correspondent à ce que tu t’étais fixé au départ. C’est le seul thermomètre valable.
— Et ne laisse personne te dominer, te juger ou te faire sentir mal si, pour une raison ou une autre, tu n’atteins pas tes objectifs, ou ce que les autres considèrent comme ta réussite, dans le temps et les circonstances où, selon eux, elle aurait dû arriver, ajouta le vieil homme avec fermeté.
Puis il encouragea Mateo à se concentrer sur ses propres rêves et aspirations, en lui rappelant les sages paroles de George Eliot :
« Il n’est jamais trop tard pour devenir ce que l’on aurait pu être. »
Ce message fut comme un baume dans les moments qu’il traversait ; il le remplit d’espoir et réveilla sa force intérieure. C’était une invitation claire à persévérer, quels que soient les défis à affronter.
Chaque parole de son hôte résonnant dans son cœur, il se sentait revigoré, prêt à relever chaque défi avec une détermination nouvelle… C’était comme si un pont vers la réussite se construisait sous ses yeux.
Après ce dîner délicieux et réconfortant, ils se levèrent de table et passèrent au salon, où de grands fauteuils confortables les attendaient pour un repos bien mérité.
Assis autour de la table basse, où reposaient deux tasses de café fumant et une assiette de délicieuses bouchées, ils continuèrent à partager leurs pensées et leurs réflexions dans une atmosphère de confiance et de camaraderie.
Après une longue conversation, le vieil homme suggéra qu’il était temps d’aller se reposer, non sans lui promettre que, le lendemain, il lui révélerait une surprise capable de transformer sa vie profondément et pour le mieux, et dont ils parleraient pendant et après le petit-déjeuner.
Sur ces paroles encourageantes, le maître de maison laissa son invité avec la tâche de réfléchir à tout ce qu’ils s’étaient dit, et avec l’émotion de se demander ce que lui réservait le jour nouveau.
Mateo souhaitait de tout cœur que la nuit passe vite pour découvrir le ou les secrets que son hôte allait lui révéler.
Le lendemain matin, il se réveilla avec un enthousiasme qu’il n’avait plus connu depuis des mois et, devant le miroir, il remarqua un grand changement sur son visage. Il ne savait pas si c’était grâce à la bonne nuit passée dans ce lit confortable ou aux paroles réconfortantes de Plutarco la veille, mais il voyait désormais dans son regard un mélange d’attente et de détermination, tandis qu’il pensait à la surprise promise.
Après un copieux petit-déjeuner, garni de fruits frais et de jus naturels, ils retournèrent dans le salon accueillant pour poursuivre leur conversation.
Il ne pouvait s’empêcher d’être impatient de découvrir ce que son hôte lui réservait encore, et au fil de la matinée son impatience grandissait de minute en minute.
Après une agréable discussion, Plutarco se leva d’un pas décidé et se dirigea vers l’élégant bureau de la maison, tandis que Mateo attendait au salon, la curiosité bien visible dans son regard, de découvrir les secrets que cachait son hôte.
Le délicieux arôme du café que Plutarco lui avait offert emplissait la pièce pendant qu’il attendait patiemment. Les minutes semblaient interminables, jusqu’à ce que Plutarco revienne enfin au salon avec un coffre entre les mains ; ce coffre semblait avoir quelque chose de spécial, de mystérieux et de profond.
En voyant le coffre, Mateo supposa que le vieil homme voulait lui offrir un grand trésor, mais il n’imaginait pas l’ampleur de la richesse qu’il allait recevoir. Il ne pourrait en mesurer la vraie valeur qu’au fil des mois suivants, au cours du chemin qu’il devrait parcourir pour l’obtenir et en profiter avec sa famille.
Ses pensées s’évanouirent dès que le vieil homme se mit à parler :
— Tu sais, Mateo, le moment est venu de te révéler le secret que je garde si jalousement, annonça Plutarco avec solennité, en posant délicatement le coffre sur la table.
— Dans ce coffre se trouve une fortune inestimable : des trésors qui changeront le cours de ta vie pour toujours.
— Je vais te confier quelque chose que j’ai gardé précieusement et que je pensais autrefois partager uniquement, en toute discrétion, avec mes enfants.
— Mais avec chacun d’eux, au fil des années, Dieu m’a accordé le privilège non seulement d’être leur père, mais aussi de leur transmettre ces pierres précieuses de richesse, d’une valeur inestimable, et d’avoir l’honneur d’être leur mentor. Depuis qu’ils sont petits, j’ai eu des conversations et des occasions de leur transmettre mes connaissances.
— Aujourd’hui, j’ai décidé de partager avec toi chacun des joyaux que je garde si précieusement dans ce coffre, mon plus grand trésor.
— Ces gemmes permettent à quiconque apprécie leur vraie valeur et sait en tirer parti de vivre une existence d’abondance et de bien-être dans tous les domaines de sa vie, dit Plutarco, une lueur de fierté dans les yeux.
Mateo était entièrement absorbé par les paroles de Plutarco ; ses yeux brillaient d’émotion devant la perspective bien réelle de reconstruire son chemin vers la réussite. Il désirait ardemment posséder de telles richesses : c’était ce qu’il cherchait depuis si longtemps, les réponses à tant de questions sur une vie faite d’erreurs et de mauvais résultats.
L’atmosphère était chargée d’attente ; il patientait, impatient, comptant les secondes jusqu’au moment où seraient révélés les trésors que son hôte gardait dans le coffre.
Alors, le vieil homme fit avec solennité une déclaration qui résonna profondément dans le cœur de Mateo :
— Ce que je garde dans ce coffre, ce ne sont ni des pièces d’or ni des diamants ; j’espère que tu ne seras pas déçu. Pourtant, grâce à ce qu’il contient, tu pourras acquérir tous les lingots que tu désires et profiter d’une vie pleine de bénédictions.
— De plus, j’aimerais devenir ton mentor. Si tu acceptes et que tu es prêt à suivre mes conseils en appliquant les leçons que je t’enseignerai, je te promets de te guider à travers ce que j’appelle la « Sagesse Ginosko », un guide pour transformer tes erreurs en nouvelles opportunités.
Pouco a pouco, contou-lhe sua história: a busca por um propósito, o desejo de vencer na vida e as dificuldades que o tinham levado ao pessimismo e à frustração.
Por fim, explicou como havia chegado naquela noite ao lugar onde se encontraram e a gratidão que sentia por ter tido a oportunidade de conhecê-lo e de desfrutar de sua conversa e companhia.
Naquela noite, durante um jantar requintado, descobriu o poder de compartilhar suas preocupações e de confiar em alguém disposto a ouvir suas dificuldades e angústias.
As palavras fluíam sem reservas enquanto falava de suas lutas internas, frustrações e sonhos; enquanto isso, o ancião o ouvia com atenção e o incentivava a continuar a cada palavra.
Quando terminou de desabafar, sentiu um alívio imenso por ter trazido à luz seus fardos emocionais; ao mesmo tempo, percebia que, a cada minuto, a conexão entre eles se fortalecia.
Enquanto desabafava sobre sua vida, refletia por dentro:
“Espero que, com esta conversa e os conselhos de Plutarco, eu consiga encontrar algumas respostas para as perguntas sobre a minha vida e as minhas preocupações… e, claro, o caminho de volta para casa.”
Naquele momento crucial da conversa, Mateo compartilhou com sinceridade a frustração que o dominava. Estava numa encruzilhada da vida, em que seus esforços para avançar pareciam se desfazer diante de seus olhos, e buscava respostas desesperadamente; cada palavra que dividia com o ancião era um passo em direção à luz que tanto desejava.
Falou do doloroso revés que sofreu ao tentar lançar um produto no mercado: a equipe de vendas não só não gerou nenhuma receita, como também levou consigo a mercadoria destinada à venda, deixando-o sem capital para continuar.
Expressou sua preocupação com os desafios adicionais que enfrentou quando quis recomeçar seu outro empreendimento. Apesar do desejo ardente de revitalizar a empresa, Mateo sentia que estava diante de obstáculos significativos.
Os rápidos avanços tecnológicos na indústria e as constantes mudanças nas leis tributárias não só afetavam diretamente a fabricação de seus produtos, como também o excluíam do mercado, obrigando-o a aprender e a se adaptar a novos sistemas de produção para continuar competitivo.
Essa necessidade de atualização constante atrasava a retomada de seu negócio, acrescentava mais uma camada de complexidade aos seus esforços para continuar relevante no setor e tornava ainda mais difícil sua meta de consolidar a empresa.
Com os olhos vermelhos pelas lágrimas que não conseguira conter, não pôde deixar de confessar seu desejo mais profundo: dar à família um lar cheio de conforto e felicidade, um sonho que parecia se desfazer diante de seus olhos.
A confusão o dominava; sentia-se perdido num mar tempestuoso, onde as ondas de suas más decisões tinham arrastado tudo o que amava — seu lar, seu sustento e até as pessoas mais queridas — contra os penhascos da vida.
Confessou ao ancião que sentia estar afundando cada vez mais naquele mar revolto de frustrações e desencantos.
A culpa o atormentava ao lembrar que dois de seus quatro filhos, forçados pelas circunstâncias, tinham partido em busca de um futuro mais promissor em terras estrangeiras, ficando por muito tempo longe do calor da família.
Observando com empatia a mistura de emoções no rosto do convidado, o ancião compreendeu a luta interna que ele enfrentava.
Esse momento de vulnerabilidade foi o que abriu espaço para a conexão e o entendimento mútuo.
Na quietude da noite, Mateo encarava seus próprios temores; cada suspiro era um eco de seus medos e desejos, como se o universo inteiro esperasse sua resposta para o enigma de sua existência.
No reflexo das estrelas na água da piscina, que se via da sala de jantar, e naquela conversa inesperada com o ancião enigmático e educado, encontrou coragem para enfrentar o passado e começar a vislumbrar um futuro que pudesse abraçar com uma nova clareza. Descobriu que o primeiro passo para enfrentar os problemas, seguir em frente e alcançar uma verdadeira redenção está no perdão a si mesmo.
Cada palavra do ancião ressoava como um farol de esperança em meio às suas tempestades interiores.
Cheio de emoção, sinceridade e empatia, o ancião decidiu, com muita generosidade, compartilhar com o convidado o conjunto de conhecimentos que havia acumulado ao longo dos anos sobre crescimento econômico e desenvolvimento pessoal.
Era um gesto de apoio e um desejo sincero de ajudar, uma luz de esperança que quis oferecer em meio à escuridão que envolvia o convidado.
Continuando a conversa, o ancião, ao ouvir o convidado falar de fracasso e de sucesso, começou a compartilhar alguns conselhos sábios, frutos de sua vasta experiência.
Explicou-lhe que o sucesso não é um destino fixo, mas sim o processo de alcançar metas significativas e pessoais na vida.
Além disso, convidou o hóspede a refletir sobre a importância dessa ideia em sua vida.
Chegou a citar as palavras de Earl Nightingale:
“Sucesso é a realização progressiva de um ideal digno.”
— Você acha que essa ideia é importante? — perguntou com interesse, buscando o olhar do convidado.
A pergunta, ressoando no ar, tirou-o de seu mar de queixas e aflições; ele se deu conta da profundidade das palavras do ancião e respondeu com cautela:
— Pelo que entendo, significa que alcanço o sucesso quando trabalho com constância para realizar meus próprios ideais e metas.
O ancião assentiu com satisfação, reforçando a ideia de que o sucesso tem significados diferentes para cada pessoa e de que viver se comparando com os outros só leva à insatisfação. Depois disse:
— Não compare o seu sucesso com o dos outros; concentre-se apenas nos seus próprios objetivos e metas. A única coisa com que você deve comparar as suas conquistas são os seus próprios objetivos, para ver se os resultados estão de acordo com o que você se propôs no início. Esse é o único termômetro válido.
— E não deixe que ninguém se ache dono de você, julgando-o ou fazendo-o se sentir mal se, por qualquer motivo, você não alcançar suas metas ou aquilo que os outros consideram que deveria ser o seu sucesso, no tempo e nas circunstâncias em que eles acham que deveria ter acontecido — acrescentou o ancião com firmeza.
Em seguida, incentivou Mateo a se concentrar em seus próprios sonhos e aspirações, lembrando-lhe as sábias palavras de George Eliot:
“Nunca é tarde demais para ser o que você poderia ter sido.”
Essa mensagem foi como um bálsamo para o momento que ele vivia; encheu-o de esperança e despertou sua força interior. Era um convite claro a perseverar, quaisquer que fossem os desafios que tivesse de enfrentar.
Com cada palavra do anfitrião ressoando em seu coração, sentia-se revigorado, pronto para enfrentar cada desafio com determinação renovada… era como se uma ponte para o sucesso estivesse sendo construída diante de seus olhos.
Depois do jantar delicioso e reconfortante, levantaram-se da mesa e foram para a sala, onde poltronas amplas e confortáveis os esperavam para um descanso aconchegante.
Sentados ao redor da mesa de centro, onde repousavam duas xícaras de café fumegante e um prato de petiscos deliciosos, continuaram a compartilhar seus pensamentos e reflexões num ambiente de confiança e camaradagem.
Depois de uma longa conversa, o ancião sugeriu que era hora de se recolher e descansar, mas não sem antes prometer que, no dia seguinte, lhe revelaria uma surpresa capaz de transformar sua vida de forma profunda e positiva, e da qual falariam durante e depois do café da manhã.
Com essas palavras encorajadoras, o dono da casa deixou o convidado com a tarefa de refletir sobre tudo o que tinham conversado e com a emoção de imaginar o que o novo dia lhe reservaria.
Mateo desejava ansiosamente que a noite passasse depressa para poder conhecer o segredo, ou os segredos, que seu anfitrião ia revelar.
Na manhã seguinte, acordou com um entusiasmo que não sentia havia meses e, diante do espelho, notou uma grande mudança em seu semblante. Não sabia se era pelo bom descanso naquela cama confortável ou pelas palavras reconfortantes de Plutarco na noite anterior, mas agora via refletida em seu olhar uma mistura de expectativa e determinação, enquanto se lembrava da surpresa prometida.
Depois de um café da manhã farto, cheio de frutas frescas e sucos naturais, voltaram à sala aconchegante para continuar a conversa.
Não conseguia evitar a ansiedade de descobrir o que mais o anfitrião tinha preparado, e, à medida que a manhã passava, sua ansiedade aumentava minuto a minuto.
Depois de uma conversa agradável, Plutarco levantou-se decidido e foi até o elegante escritório da casa, enquanto Mateo esperava na sala, com a curiosidade estampada no olhar, para descobrir que segredos o anfitrião escondia.
O aroma delicioso do café que Plutarco lhe oferecera enchia o ambiente enquanto ele esperava pacientemente. Os minutos pareciam eternos, até que finalmente Plutarco voltou à sala trazendo um baú nas mãos; aquele baú parecia ter algo especial, algo misterioso e profundo.
Ao ver o baú, Mateo supôs que o ancião queria lhe dar um grande tesouro, mas nunca imaginou a dimensão da riqueza que ia receber. Só conseguiria avaliar seu verdadeiro valor ao longo dos meses seguintes, durante o processo que teria de percorrer para obtê-la e desfrutá-la com sua família.
Seus pensamentos se dissiparam assim que o ancião começou a falar:
— Sabe, Mateo, chegou o momento de revelar a você o segredo que guardo com tanto zelo — anunciou Plutarco solenemente, colocando o baú sobre a mesa com cuidado.
— Dentro deste baú há uma fortuna inestimável: tesouros que vão mudar o rumo da sua vida para sempre.
— Vou entregar a você algo que guardei com muito zelo e que, em certo momento, pensei em compartilhar de forma reservada e exclusiva com meus filhos.
— Mas, com cada um deles, ao longo dos anos, Deus me concedeu o privilégio não só de ser pai, mas também de lhes transmitir essas pedras de riqueza de valor inestimável e de ter a honra de ser seu mentor. Desde pequenos, tive conversas e oportunidades em que pude compartilhar com eles os meus conhecimentos.
— Agora decidi compartilhar com você cada joia que guardo com tanto zelo neste baú, o meu maior tesouro.
— Estas gemas permitem que qualquer pessoa que reconheça seu verdadeiro valor e saiba aproveitá-las tenha uma vida de abundância e bem-estar em todas as áreas — disse Plutarco, com um brilho de orgulho nos olhos.
Mateo estava completamente absorvido pelas palavras de Plutarco; seus olhos brilhavam de emoção diante da possibilidade real de reconstruir seu caminho para o sucesso. Desejava intensamente possuir tamanhas riquezas: era o que procurava havia muito tempo, as respostas para tantas perguntas sobre uma vida de erros e maus resultados.
O ambiente estava carregado de expectativa; ele esperava ansioso, contando os segundos até o momento em que seriam revelados os tesouros que o anfitrião guardava no baú.
Então o ancião, com solenidade, fez uma declaração que ressoou profundamente no coração de Mateo:
— O que guardo neste baú não são moedas de ouro nem diamantes; espero que você não se decepcione. No entanto, com o que ele contém, você poderá adquirir todos os lingotes que desejar e desfrutar de uma vida cheia de bênçãos.
— Além disso, eu gostaria de ser seu mentor. Se você aceitar e estiver disposto a seguir meus conselhos, aplicando as lições que vou ensinar, prometo guiá-lo pelo que chamo de “Sabedoria Ginosko”: um guia para transformar seus erros em novas oportunidades.